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El cadáver de la gijonesa Paz Fernández Borrego, de 43 años,desaparecida el pasado 13 de febrero en Navia (Asturias), ha sido hallado este martes en el embalse de Arbón, a unos 12 kilómetros de Navia, según han informado fuentes de la Guardia Civil. Un vecino alertó a los agentes, pero el cuerpo no pudo ser recuperado inmediatamente. Fernández, que había ido a pasar unos días a Navia, es una de la tres mujeres desaparecidas en Asturias que la Guardia Civil busca desde hace semanas.

El cuerpo de María Paz Fernández Borrego ha sido identificado por el cabello, la ropa y el tatuaje que tenía grabado en un hombro. La investigación se centrará ahora en clarificar las causas de la muerte.

El cadáver fue hallado por un vecino de Luarca que estaba practicando piragüismo en la zona y lo vio flotar en la superficie sobre las 15.30, en una zona de difícil acceso en una orilla del embalse, ubicado en el cauce del río Navia, en las proximidades de un cámping. El Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil pudo rescatar el cuerpo horas a las 19.30, tras lo cual fue trasladado al Hospital Universitario Central de Asturias, en Oviedo, para su estudio radiográfico y posteriormente al instituto anatómico forense de para la realización de la correspondiente autopsia.

El teléfono móvil de la mujer dio señal por última vez en la localidad de Busmargalí, a ocho kilómetros del centro de Navia, en donde había reservado un hostal para pasar esa noche, y a 14 kilómetros de las inmediaciones del Hospital de Jarrio, en donde fue hallado su vehículo.

La Guardia Civil y la Policía Nacional también trabajan en la búsqueda otras dos mujeres desaparecidas en Asturias en las últimas semanas en Gijón y Avilés, aunque ambos cuerpos descartan que las desapariciones estén relacionadas.

Lorena Torre, de 40 años, desapareció el pasado jueves por la noche en Gijón y su coche apareció aparcado en las proximidades de la playa de El Rinconín. Según la Policía Nacional, vestía un plumífero verde, pantalón vaquero y botas.

Un día después se produjo en Avilés la desaparición de Concepción Barbeira, que mide 1,60 y es de complexión delgada. La mujer salió de su casa en San Adriano (Castrillón) para dirigirse a su trabajo en el hospital San Agustín de Avilés y no llegó a incorporarse. Su vehículo fue localizado en la localidad de Santa María del Mar, en Castrillón, horas después de que se denunciase la desaparición. El coche tenía las puertas abiertas y el bolso en su interior. SOS Desaparecidos ha convocado el próximo fin de semana, el 9, 10 y 11 de marzo, en la playa de Santa María del Mar, una batida popular para buscar a Barbeira al lado del hotel San Román.

La Guardia Civil ha desmentido a través de sus redes sociales los “bulos” difundidos durante los últimos días sobre la presencia de grupos de delincuentes que se hacen pasar por policías para conseguir que las mujeres salgan  de sus vehículos y, después, secuestrarlas. Piden prudencia y que no se compartan engaños a través de las redes sociales o en grupos de whatsapp.

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En las últimas semanas, Jordi Magentí Gamell, de 60 años, vació todas sus cuentas corrientes y realizó varias transferencias con todo su dinero a Colombia, país de su actual mujer y al que pensaba huir esta misma semana.

Ya había comprado el billete de avión. Los Mossos d’Esquadra no tienen ninguna duda de que este vecino de Anglès, con antecedentes por haber asesinado a su primera esposa en 1997, fue el hombre que el pasado 24 de agosto mató a balazos a Paula Mas Pruna y Marc Hernández López, de 21 y 23 años, en el pantano de Susqueda. Pero ¿por qué? Esa misma pregunta, que hace meses bombardea la cabeza de los allegados a la pareja del Maresme y de las personas que han seguido con detalle este misterioso crimen, sigue sin respuesta. Como recordaba estos días un veterano investigador, “no siempre hay un móvil evidente”. Y seguramente esta vez esa ausencia de relato sobre lo que pasó en aquel paraje complicó una investigación difícil en la que la policía catalana se ha volcado desde el primer minuto. Queda todavía mucho por hacer. Para empezar, esperar el resultado de los diferentes registros que durante horas se realizaron en el día de ayer en las distintas casas en las que paraba el sospechoso para tratar de dar con esa prueba concluyente que acabe de armar una acusación de la que los policías no albergan la menor duda.

Y no dudan porque durante estos meses, la policía ha ido reconstruyendo los pasos de todas las personas que aquel 24 de agosto estaban en el pantano. Todas fueron sospechosas, hasta que los investigadores demostraron a la juez que sólo pudo ser él.

Los investigadores de la unidad central de personas desaparecidas arrancaron con las imágenes de un vehículo blanco accediendo al pantano el día del crimen. No sólo eso. Ese mismo todoterreno realizó después algunos viajes poco lógicos. Las cámaras del pantano apenas tienen definición y no les ofrecían la matrícula. Sabían que era un modelo concreto de cuatro por cuatro, blanco. Se pusieron a trabajar para identificarlo, buscando entre los vecinos de la zona. Mientras tanto, se mantuvieron abiertas todas las hipótesis vinculadas con las personas que ese 24 de agosto también estaban en el pantano de Susqueda.

Los belgas fueron clave en la investigación. Olivier Max, un hombre que compró en junio las ruinas del Mas Llomar, declaró en su momento haber escuchado los disparos. Su declaración fue esencial porque ayudó a los investigadores a situar el escenario del crimen, un tramo del pantano al que se accede a través del barranco de la fuente de cal Borni. Tanto Olivier como otro compañero belga que decidió marcharse con su mujer de la zona tras las muertes no estuvieron descartados hasta el último tramo de la ­investigación.

La aparición de los cadáveres, casi un mes después del crimen, reveló que la pareja había sido prácticamente ejecutada. Ella, de un tiro en la sien, y él, de un disparo en el pecho. Los cuerpos apenas revelaron datos concluyentes en la mesa del forense, tras tantos días bajo el agua. Pero sí se pudo determinar que el arma usada disparó balas del calibre nueve milímetros o inferior.

Cuando la policía logró identificar el vehículo del sospechoso, un Land Rover Defender, tomaron declaración a Jordi Magentí. Ya les había llamado la atención en su momento por sus antecedentes por asesinato. Aunque es cierto que aquella condena la cumplió por un crimen de violencia de género, que se alejaba del crimen de Marc y Paula. Sin embargo, el sospechoso mintió en ese interrogatorio. El hombre se mantuvo frío e imperturbable. Aseguró que él no había estado en el pantano ese día y dio una coartada debilitada por la presencia de su vehículo. Los agentes decidieron en ese momento no compartir que su coche había sido grabado en el pantano. Desde ese momento, los investigadores se convirtieron en la sombra de su ya principal sospechoso. Pero no era fácil. Los mossos de seguimientos tenían que vigilar de cerca los movimientos de un hombre acostumbrado a embozarse en el interior del bosque y desaparecer en su interior durante días. Tampoco era sencillo seguir un coche en carreteras apenas transitadas. Además, su comportamiento, con antecedentes por trastorno mental que en su momento le sirvieron como atenuante en la condena por asesinar a su primera mujer, le convertía en un hombre de reacciones incontrolables. Por tanto, el seguimiento se realizó con la cautela suficiente para que él no sospechara.

De hecho, el hombre estaba relativamente tranquilo. Seguía con detenimiento todas las informaciones que se publicaban sobre la investigación de los crímenes del pantano y estaba convencido de que los Mossos estaban “perdidos y sin pistas”, según contó el ahora detenido en su entorno.

Los investigadores, de acuerdo con el juez de Santa Coloma de Farners que ha dirigido la investigación, decidieron detenerlo ayer ante la proximidad de su viaje a Colombia. Tenían ubicado su coche y además hay declaraciones de varios testigos que también lo situaron en el lugar de los hechos, sin ninguna duda. Pero no hay, como en otras investigaciones por homicidio, el posicionamiento de un teléfono móvil en el escenario del crimen. Una prueba que, como ya se ha visto en multitud de casos anteriores, ayuda a la acusación. Pocas veces, en una investigación compleja y de resolución tan reciente, sin pasar siquiera el sospechoso a disposición judicial, un responsable policial comparte con tanta contundencia la creencia de que el detenido es el autor de unos hechos tan graves. Y eso precisamente hizo ayer el intendente Toni Rodríguez, responsable de la División de Investigación Criminal de los Mossos. “No albergamos ninguna duda de que fue él”. La policía sostiene que sólo pudo ser él. Y eso han hecho durante estos meses, descartar cualquier otra opción hasta llegar al único sospechoso posible de la autoría. Reúne además todos los requisitos del perfil de asesino que buscaban los Mossos: conoce como nadie el pantano y ya demostró en su momento su capacidad para matar a sangre fría.

Durante el día de ayer, el sospechoso participó en los diferentes registros, sin inmutarse. Y aunque no formaba parte de una declaración oficial, sí trasladó en varias ocasiones a los Mossos que se estaban equivocando y que, como ya les dijo la vez anterior, él no estuvo en el pantano. Los investigadores no tienen prisa en tomarle declaración. Apurarán hasta el último momento antes de pasarlo a disposición judicial. Es muy difícil que confiese, ­pero la policía juega con la carta del hijo del sospechoso, detenido horas después acusado de tráfico de marihuana, aunque los investigadores tratarán de comprobar si desmonta la coartada del padre del día acerca del crimen y si sabía algo más de lo que dice.

En estas últimas semanas los investigadores han logrado reconstruir lo que pasó en el pantano ese 24 de agosto. Marc y Paula iban a pasar un par de días en Susqueda, no conocían el pantano y detuvieron su vehículo en el primer punto marcado del camino, la fuente del Borni. Sacaron el kayak del Opel Zafira del padre de Paula en el que viajaban y descendieron por el barranco hasta el agua.

Jordi Magentí o ya estaba allí o llegó después. Los investigadores conocen el detalle, pero forma parte de las muchas cosas que tardarán en trascender de la investigación. Algo ocurrió. Pero fue rápido y debió de ser poco trascendente. Lo cierto es que los jóvenes fueron tiroteados cuando casi acababan de llegar. El sospechoso se deshizo de los cadáveres allí mismo. Lastró a Marc con una piedra en su mochila, y seguramente también a Paula, pero las aguas del pantano la devolvieron sin lastre. Rajó la embarcación y trató de hundirla con piedras. Después se subió al coche de sus víctimas y condujo por un camino impracticable, durante casi tres horas, hasta llegar al único punto del pantano en el que un coche puede circular hasta el agua. Regresó a pie, por el bosque que conoce muy bien, recuperó su coche y volvió a casa.

Después regresó más veces los días posteriores al pantano a acabar de limpiar el lugar del crimen. De hecho, llegó a coincidir con los equipos de protección civil y de bomberos que junto a los amigos y los familiares buscaron desesperadamente a la pareja.

Desde que quedó en libertad tras cumplir una condena de 12 años por asesinar a su primera mujer, el hombre pasaba días enteros en el pantano. Y pocos se atrevían a preguntarle por aquellos hechos. Ocurrió el 4 de diciembre del 1997. Jordi Magentí esperó a que su exmujer, de la que se había separado hacía ocho meses, emprendiera el camino de vuelta a casa. Aguardó escondido en su coche aparcado entre dos vehículos de grandes dimensiones para pasar desapercibido y cuando la vio le descerrajó tres disparos con una escopeta de caza. Con la mujer en el suelo, cargó el arma y descargó un último proyectil en el corazón. Fue condenado a 15 años, una pena atenuada al considerar que padecía un trastorno ansioso depresivo. Después de salir de prisión rehízo su vida con una mujer colombiana con la que contrajo matrimonio y que hacía poco había viajado a su país, donde debía reunirse con su marido en los próximos días.

El pasado sábado se cumplieron seis meses de la misteriosa desaparición de Marc y Paula. Ningún policía tira nunca la toalla en una investigación por asesinato, pero es cierto que hubieron momentos en los que el crimen de Susqueda metió a los investigadores en un callejón sin salida. Ni una sola semana dejaron de subir al pantano.

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La detención, revelada por los Mossos en sus redes sociales, se ha producido este mismo lunes en una vivienda de Santa Coloma de Farners. Se trata de Jordi M. G, un vecino de la localidad y sobre quien la policía hacía tiempo que había volcado todas las sospechas, según fuentes de la investigación.

Ya fue condenado por el asesinato de su mujer de dos disparos de escopeta en 1997. Su coche fue visto en la zona de Susqueda y era habitual que acudiera a pescar a la zona. Aunque fue interrogado por los Mossos, negó toda relación con el caso.

Paula Mas y Marc Hernández, una pareja de veinteañeros, fueron vistos por última vez el 24 de agosto, cuando se dirigían de excursión al pantano para practicar kayak. Una cámara de seguridad de una entidad bancaria recogió su imagen, que fue posteriormente utilizada por los Mossos para pedir ayuda de la ciudadanía.

Desde el principio los investigadores de homicidios consideraron la posibilidad de que los dos jóvenes hubieran sido asesinados. Una tesis que se confirmó aproximadamente un mes después cuando buzos de los Mossos localizaron los cadáveres de ambos jóvenes. Los dos con signos evidentes de violencia y cuyos cadáveres habían sido cargados con piedras para que no flotaran.

El hallazgo del coche, a finales de agosto, ya hizo sospechar que el responsable de los homicidios fuer aun gran conocedor de la zona. El lugar de acceso era complicado y sólo conocido por los habituales de la zona.

 

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A Ágata Christie la biología computacional, seguramente, le hubiera jugado una mala pasada. Y es que a su archifamoso detective Poirot le hubiera bastado un análisis genético para esclarecer buena parte de los casos inventados por la escritora inglesa. Un par de páginas a lo sumo y novela resuelta.

Determinar la hora de la muerte de una persona es clave para resolver un crimen. Puede inculpar a un sospechoso o, por el contrario, dar por válida una coartada y liberar a otro. El problema es que, hoy por hoy, “no existe ninguna técnica que permita determinar el momento exacto de la muerte con fiabilidad. Solo podemos dar intervalos de tiempo, de como poco cuatro horas”, explica a Big Vang Josep Castellà, al frente del servicio de patología forense del Institut de Medicina Legal i Ciències Forenses de Catalunya (IMLCFC).

En ese sentido, los cambios que se producen en los genes, a causa de la muerte, podrían ayudar a determinar con mayor precisión cuándo ha fallecido un individuo, según ha descubierto un equipo internacional de científicos, liderados por el investigador Roderic Guigó, coordinador del programa de bioinformática y genómica del Centre de Regulació Genòmica (CRG) de Barcelona.

“Podría ser una herramienta más del análisis forense -señala Guigó-. Por ejemplo, tras morir una persona, se podrían analizar rápidamente algunos tejidos como pulmón o piel para determinar el intervalo post mortem”.

Los investigadores han estudiado más de 7000 muestras de 36 tejidos distintos que pertenecieron a 540 individuos que habían muerto durante las 24 hora previas. Esas muestras forman parte de la base de datos de un ambicioso proyecto internacional llamado GTEx, que tiene por objetivo entender mejor o qué las distintas células del organismo, a pesar de compartir el mismo ADN o ‘libro de instrucciones’ realizan funciones distintas; o por qué pequeñas variaciones entre personas de esas instrucciones puede modificar el comportamiento de las células, entre otros.

A pesar de lo rápido y fácil que se ve el proceso en las series, determinar la hora en que ha fallecido una persona es algo más complicado. Tal como explica Josep Castellà, al frente del servicio de patología forense del Institut de Medicina Legal i Ciències Forenses de Catalunya (IMLCFC), los forenses se basan en una combinación de observaciones y pruebas.

Para empezar, el enfriamiento del cadáver. La temperatura del cuerpo de personas vivas está entre 36 y 37ºC, sea cual sea la temperatura ambiental. Eso es gracias a las reacciones metabólicas del organismo que nos permiten generar energía y calor. Al morir, la temperatura corporal desciende hasta igualarse con la ambiental, pero no es un proceso lineal. “Durante las primeras 24 horas, podemos a partir de la temperatura ambiental, la del cadáver y el peso inferir cuándo ha muerto a persona con un intervalo de cuatro horas”, dice Castellà.

El segundo factor que se tiene en cuenta es la lividez cadavérica. Cuando deja el corazón de latir, los 6 o 7 litros de sangre del organismo por efecto de la gravedad se concentran, por ejemplo si la persona está tumbada, en la parte trasera del cuerpo. La piel adquiere una tonalidad rojiza en esas zonas.

En tercer lugar, los forenses analizan el rigor mortis. Dos o tres horas después de que una persona fallezca, la musculatura del organismo se empieza a contraer. “Podemos estudiar la evolución de la rigidez del cuerpo para calcular la hora de la muerte”, señala Castellà.

Por útimo, también analizan la cantidad de potasio que hay dentro del humor vítreo, un líquido dentro del globo ocular. “Cuando pasan más de 24 horas desde la muerte del individuo, se hace más difícil establecer la hora de fallecimiento. Y si el cadáver ya se ha empezado a pudrir, el grado de error es mayor. Por eso los forenses debemos ser muy prudentes y cautos, porque en casos de asesinato, por ejemplo, calcular más el intervalo de tiempo en el que puede haberse producido la muerte puede suponer dejar en libertad a un sospechoso muy sospechoso”, dice Castellà.

“Todas las células del organismo comparten el mismo genoma, que es el conjunto idéntico de genes. Ese genoma es siempre igual y estable en el tiempo, por eso podemos reconstruir, por ejemplo, el genoma de un neandertal”, explica Guigó.

Sin embargo, las células de cada tejido son distintas, porque las instrucciones codificadas en su ADN se interpretan de diferente manera. “Los 20000 genes que forman el genoma no funcionan igual en todos los tejidos. Algunos genes funcionan solo en el hígado, otros solo en la piel, y muchos están expresados con diferente intensidad; hay que pensar en los genes no como en una bombilla que se apaga o se enciende sino como una que puede regular la intensidad de luz que emite”, remacha Guigó.

En el estudio, que recoge esta semana Nature Communications, los científicos vieron cómo “ a medida que se transcurre tiempo desde la muerte, se producen cambios en la expresión de los genes de forma consistente en cada tejido, con un patrón característico que nos permite estimar luego la cantidad de tiempo que una persona lleva muerta”, afirma Guigó. a mayoría de los cambios en la actividad de los genes se producía entre siete y 14 horas después de la muerte.

A continuación, diseñaron un modelo para predecir el intervalo post mortem basado en esos cambios en la expresión de cada tejido. Para ello, se basaron en un tipo de inteligencia artificial, llamado machine learning: enseñaron a un algoritmo los patrones de cambio de los genes de 399 personas y luego lo aplicaron, con éxito, para predecir la hora de la muerte de otras 129 personas.

“Hemos hecho un programa o modelo que usa la información de todos los genes en todos los tejidos de que disponemos para predecir la hora de la muerte de la persona. Aunque se necesita más investigación, porque hay que ver si esos patrones varían en función de la edad de la persona, el sexo, la temperatura del entorno en que estaba u otras variables, podría ser una técnica adicional complementaria a las que ya usan los forenses”, considera Guigó

Para Castellà, “podría ser una herramienta potencial”, pero antes, señala, “debería haber estudios que analicen qué pasa con las variaciones entre persona. Se tiene que ver si esas modificaciones genéticas que han visto los investigadores se dan en todo el mundo siguiendo el mismo patrón de tiempo, porque aunque los cadáveres tienen una evolución similar todos, es ligeramente distinta de uno a otro ”.

También, especifica este experto en medicina forense, que habría que definir muy bien qué se entiende por muerte. “Cuando el corazón deja de latir, hay algunas partes del organismo que siguen vivas parcialmente. Por ejemplo, el bíceps. La dificultad de diagnosticar la hora de la muerte es que hay que tener en cuenta al individuo como un todo. Podría dar lugar a errores determinar la muerte a partir de un tejido concreto y no de todo el organismo”.

Eso sí, puntualiza, “de confirmarse su potencial como herramienta diagnóstica, podría ser muy útil cuando no disponemos de un cuerpo entero, sino solo de partes o de tejidos. Por ejemplo, alguna vez nos llegan personas descuartizadas en maletas, y en esos casos saber la hora de la muerte es muy complicado. Ha pasado tiempo desde que las han asesinado, han perdido la sangre e incluso a veces han comenzado fenómenos de putrefacción. En estos casos, el análisis de los cambios de los genes podría ser útil”.

 

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El estupor se ha apoderado de la ciudad de Toronto ante el caso del que ya se denomina ‘el jardinero asesino de gays’. Bruce McArthur, de 66 años, “plantó” en decenas de macetas los restos de sus víctimas en un caso sin precedentes en la ciudad canadiense.

Agentes inspeccionando una de las casas donde trabajó Bruce Mcarthur (arriba a la derecha). REUTERS

Detenido y acusado de homicidio en primer grado de al menos cinco personas, la Policía de Toronto sigue la búsqueda de víctimas, ya que las autoridades temen que el número sea mucho mayor.

McArthur fue arrestado el pasado 18 de enero y acusado de la muerte de dos personas, Selim Esen, de 44 años, y Andrew Kinsman, de 49, con el que mantenía una relación sentimental.

Sin embargo, este lunes, la Policía añadió tres nuevos cargos, los asesinatos de Majeed Kayhan, de 58 años; Soroush Mahmudi, de 50; y Dean Lisowick, de 47.

Aunque la Policía inicialmente se resistió a calificar a McArthur de “asesino en serie”, las autoridades policiales reconocen ahora que se equivocaron y que el detenido puede ser responsable de muchas más muertes.

Centenares de agentes siguen buscando restos humanos en al menos 30 propiedades donde McArthur ha trabajado los últimos años después de que la Policía descubriese los esqueletos de tres personas en macetas de grandes dimensiones que el jardinero había colocado en una vivienda de Toronto.

Ahora, la Policía se ha incautado de otras doce macetas similares mientras realiza pruebas de ADN a los restos humanos descubiertos para intentar identificar a las víctimas. “Creemos que hay más restos humanos en algunas de estas propiedades y estamos trabajando para recuperarlos”, señaló el detective de la Policía de Toronto Hank Idsinga.

La Policía se enfrenta a fuertes críticas por ignorar durante años las desapariciones de varias de las víctimas, todas ellas conocidas en ambientes homosexuales de la ciudad.

El arresto de McArthur sólo se practicó después de que activistas de la comunidad gay de Toronto estableciesen una campaña para presionar a las autoridades para que investigasen a fondo las desapariciones ocurridas en los últimos años en el barrio gay de Toronto.

“Este es un problema que va mucho más allá de la comunidad gay, es un problema que atañe a toda la comunidad de la ciudad de Toronto”, señaló Idsinga.

“La ciudad de Toronto jamás ha visto algo así, se trata posiblemente de un asesino en serie y ha tomado medidas para cubrir sus huellas”, agregó.

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Un triste suceso sacude Estados Unidos. El cuerpo sin vida de la modelo Sara Zghoul, de 28 años, fue hallado decapitado y descuartizado el pasado domingo en dos maletas dentro del maletero de un BMW en Aloha, en el estado de Oregón, según han informado fuentes policiales.

El pasado jueves, la Policía recibió una llamada alertante de un hombre que aseguraba haber matado a una persona. Al llegar al lugar de los hechos se encontraron con la terrible escena y encontraron al joven con varios cortes en la garganta, que sospecharon que se había autoinflingido él mismo y lo trasladaron a un hospital.

Cuando registraron la vivienda hallaron en el maletero del coche dos maletas que contenían los restos de la modelo descuartizada. Por el momento, el portavoz de la Policía de Washington, Jeff Talbot, no ha querido desvelar más detalles del macabro suceso que ha conmocionado Oregón a la espera de descubrir qué sucedió realmente.

Lo que sí se sabe es que el supuesto sospechoso se mantiene bajo custodia policial a la espera de que se esclarezca el asesinato de la joven.

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Del alrededor de 300 asesinatos que se registran anualmente en España, en poco más del 2% hay menores involucrados, aunque el impacto social de estos casos, como el último de dos ancianos de Bilbao, suele reabrir el debate sobre el tratamiento penal para los delitos más graves cometidos por adolescentes.

A la espera de la publicación del balance de criminalidad correspondiente a 2017, las últimas estadísticas disponibles del Ministerio del Interior hablan de ocho menores detenidos por homicidio doloso o asesinato en 2016 y veintisiete más en grado de tentativa.

Estos datos suponen un 2,4% de los 327 arrestos practicados en relación con las 292 muertes violentas registradas ese año. Suponen una disminución de este tipo de delitos cometidos por menores respecto al año anterior, cuando fueron arrestados 13 adolescentes por asesinatos u homicidios intencionados que llegaron a consumarse, y otros quince lo fueron en grado de tentativa.

En el año 2016, de los ocho menores arrestados por asesinato consumado, siete eran españoles y uno extranjero; seis eran varones y dos, chicas; y la mayoría de las detenciones se produjeron en Andalucía (5), además de Canarias, Comunidad Valenciana y Murcia, con un arresto en cada una de esas tres comunidades.

La Ley de responsabilidad penal del menor establece medidas de internamiento de hasta diez años para los responsables de delitos especialmente graves, aunque solo para aquellos que tengan 16 ó 17 años, ya que los de 14 ó 15 años solo podrán permanecer internados por un período máximo de seis años.

Estas previsiones máximas de internamiento responden a la reforma legal que entró en vigor en 2007, ya que, de acuerdo con la ley anterior -de 2000- los adolescentes de 14 y 15 solo podían cumplir un máximo de cinco años, y los de 16 y 17, hasta ocho años.

Por debajo de los 14 años, los menores delincuentes están exentos de responsabilidad y no se les podrán aplicar medidas de reinserción, según la Legislación vigente.

La legislación también contempla el traslado del delincuente a una prisión de adultos al cumplir los 18 años si el juez así lo decide y de manera automática al cumplir los 21, salvo que el magistrado se oponga expresamente.

La reforma legal de 2007 introdujo otra novedad para combatir el entonces creciente fenómeno de las bandas juveniles, como fue la posibilidad de imponer a los menores una medida de internamiento de hasta 3 años (para adolescentes de 14 y 15 años) y hasta 6 (para los de 16 y 17) si el delito, aun sin ser grave ni violento, se comete por la pertenencia a una de esas bandas.

Aunque algunas voces -y partidos como el PP- apuntan periódicamente a la necesidad de cambiar la ley para que pueda imputarse a adolescentes de menos de 14 años en casos muy graves, la última Memoria de la Fiscalía pone el foco en un sistema educativo «fallido» como principal responsable de la delincuencia juvenil, la violencia machista entre los adolescentes, el acoso escolar y las agresiones en el seno familiar.

En ese informe, correspondiente a los delitos cometidos en 2016, el Ministerio Público alertaba de un «ascenso paulatino» de la violencia machista perpetrada por menores; ese año, 179 menores fueron enjuiciados por delitos contra la mujer, un 10,5 % más que el año anterior, y en un 90,62 % de los casos se impusieron medidas.

En general, los delitos cometidos por menores se mantuvieron estables e incluso disminuyeron las agresiones de hijos a padres y familiares.