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«El Chicle se mosquea y cree que lo están siguiendo. El 24 de noviembre del 2016 llama a la Guardia Civil: ‘creo que me están siguiendo, ¿sabes por qué?’ Lo que pretendía saber es qué sabíamos nosotros. Comete un fallo, dice que la noche de la desaparición él estuvo con su mujer en A Pobra. Él mismo se pone en el escenario. Eso lo comentó en una conversación, luego se olvida. A raíz de esa charla informal, siendo ya sospechoso, el 30 de noviembre le citamos a declarar a él y a su mujer para que nos den una explicación. Él se equivoca, dice que salió a robar gasolina, ya no se sitúa en A Pobra. En el margen de una semana comete un error, la mujer le mantiene la coartada: dice que salieron juntos. Ella tampoco se sitúa en A Pobra, ya tenemos otro elemento de duda. Y además el teléfono de la mujer, esa noche, no se mueve de casa, por lo que empezamos a dudar sobre si nos engañan».

El relato de la Guardia Civil evidencia en forma de errores la caída al abismo de José Enrique Abuín Gey, el Chicle, asesino confeso de Diana Quer (22 de agosto del 2016, A Pobra do Caramiñal), responsable de su desaparición forzada y acusado de intentar lo mismo con otra mujer de Boiro la pasada Navidad. Estos fueron sus otros errores.

El Chicle tenía un alto concepto de sí mismo. Se metió en la boca del lobo él solo y sabiéndose culpable y vigilado se plantó ante la Guardia Civil para declarar su inocencia. Y lo hizo cuando el alcance social del caso era más intenso. «El Chicle, incluso, accede a dejar su teléfono para que lo analicemos. Deja un teléfono que no es, con un número que no es, y cuando le decimos que ese no es el que queremos, nos deja el suyo. El que llevaba la noche de autos. ¿Qué ocurre? Nos lo entrega completamente reseteado. Argumenta que se le había estropeado y que lo arregló. Pero ahí tenemos otro elemento de sospecha que nos sigue diciendo que es un profesional. Sabe el valor que puede tener para nosotros ese móvil. La diferencia entre tenerlo o no es que si lo tienes puedes llegar a puntos GPS exactos, sin dar más detalles», concreta la Guardia Civil, que añade: «El Chicle también accede a que revisemos sus vehículos, viene un equipo de criminalística de Madrid y buscamos algún vestigio de Diana, pero no encontramos nada».

Ni los antecedentes de Abuín Gey por tráfico de cocaína, ni la denuncia que presentó su cuñada, siendo menor de edad en el 2005, por una presunta violación frenaron al Chicle. Dicha denuncia fue el extremo del hilo que los investigadores empezaron a seguir para resolver el crimen. Lo que Abuín Gey no sabía es que, aunque se archiva la denuncia, el borrón en forma de antecedente policial, uno más, ya manchaba su historial con un delito muy concreto que, de inicio, lo puso en el punto de mira gracias al olfato de la Policía Judicial de la Guardia Civil de A Coruña.

La columna vertebral del caso, sin duda. Las geolocalizaciones recogidas por las antenas fueron cruciales, tanto las emitidas por el móvil del Chicle como por el de Diana. Eso los situó juntos y haciendo el mismo recorrido de madrugada, en coche y acabando en Rianxo, un municipio en el que la joven no tenía ningún motivo aparente para estar a esas horas. Otro error mayúsculo fue lanzar el móvil de Diana a la ensenada del río Beluso mientras trasladaba el cuerpo. Es zona marisquera y son decenas los profesionales que la rastrillan a diario si la concesión está abierta. Él debería saberlo, es oriundo de Barbanza y, por si eso fuera poco, acumula unas cuantas denuncias por furtivismo. El contenido del móvil tardó en conocerse, pero fue clave, la pieza del puzle que faltaba para completar el trabajo. Permitió encajar ubicaciones y horas, fue el complemento que necesitaba la investigación para no estancarse.

El autor confeso de la muerte de Diana, posiblemente, nunca pensó que una cámara de videovigilancia podía ponerlo en el disparadero. La cámara está en una gasolinera en A Pobra, en la misma autovía de Barbanza (AG-11), y el recinto incluye un carril de incorporación que procede de A Pobra. El Chicle escogió esa ruta y fue captado por el sistema de vigilancia. El fotograma era una bola de luz, pero menos es nada. Ese destello, bien interpretado, podía dar nuevas respuestas al caso. El móvil del Chicle emitió una señal pasando aquel 22 de agosto del 2016 por el citado carril de incorporación a la AG-11, por lo que tras la bola de luz había que saber si estaba el Chicle. Una empresa de O Porriño identificó el turismo con mucho trabajo y una completa reconstrucción de los hechos. Al final, todo cuadraba: la bola de luz no era otra cosa que el Alfa Romeo 166 del Chicle, y dentro, junto a él, también viajaba Diana.

Una de dos, o el Chicle se sentía muy por encima de la Guardia Civil para reincidir o su patología mental es tan fuerte que no puede controlarse. Solo así se explica que estando en el punto de mira durante más de un año por el caso Diana Quer, decidiera el pasado 25 de diciembre actuar de nuevo, en el centro de Boiro y a las ocho de la tarde. La víctima fue una mujer de unos 30 años, pero el patrón de conducta se repite. Su otro pecado fue dejarse ver. Lo recoge la Guardia Civil en sus diligencias citando a la mujer agredida: «Dice acordarse muy bien de la cara del atacante por sus dientes». Los dos testigos que rescataron a la denunciante también fueron capaces de memorizar su rostro. Lo señalaron nada más ver su fotografía, describieron el coche, incluso la víctima retuvo cifras y letras sueltas de la matrícula. El Chicle comete otro patinazo: repite coche y eso también lo condena a los pocos minutos de que la víctima presentase la denuncia. La Policía Judicial de Noia, que conocía el caso, informa a los superiores y se pone en marcha el operativo que obliga a varias decenas de agentes a interrumpir las vacaciones de Navidad. Hasta los más altos mandos se sumaron al dispositivo.

El delirio en el que lleva instalado desde hace años este individuo se cimenta a base de mentiras. Incluso ahora, acorralado por la cadena perpetua revisable y encerrado en una celda no supo ganarse la confianza del que fue su abogado hasta el viernes, José Ramón Sierra. Es de suponer que no tardará en encontrar otro letrado dispuesto a entrar en escena. El juez asegura que también mintió a su mujer, Rosario Rodríguez, y a sus cuñados, que al igual que su esposa lo encubrieron con una coartada falsa. Y ese fue su enésimo error: depender de terceros.

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Un caluroso lunes del estío madrileño los vecinos del barrio del Retiro se extrañaron de que la tienda Jusfer, dedicada a la compra y venta de objetos, permaneciera cerrada. Sus propietarios nunca faltaban a la cita con la clientela.

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Aporrearon la puerta. Nadie respondía. Un amigo decidió telefonear a casa de uno de ellos. Tampoco obtuvo contestación. La gente se preguntaba por qué guardaban silencio. Simplemente que los muertos no hablan. Cuatro cadáveres fueron descubiertos poco después por la Policía. Se emprendía la caza del asesino.

El Caso vendió con esta noticia casi medio millón de ejemplares del año 1958. Estaba a punto de comenzar la leyenda de Jarabo, el criminal más famoso de la época moderna. Hay quienes afirman que no murió en el garrote vil.

Una vez dentro del establecimiento, sito en la calle Alcalde Sainz de Baranda, 19, los inspectores descubrieron el cadáver de Félix López Robledo en la trastienda. Tenía dos tiros en la cabeza. De inmediato las sospechas se dirigieron hacia el socio, que no daba señales de vida.

Personados en su vivienda, en la vecina calle Lope de Rueda, 57, como nadie abría la puerta consiguieron rápidamente una orden judicial y un cerrajero facilitó el acceso. El cuadro que se encontraron fue impresionante. Emilio Fernández Díaz yacía en el baño, con un balazo en la testa. En el dormitorio estaba su mujer, Amparo, reclinada en la cama con otro disparo en la cabeza. En el cuarto del servicio hallaron a la sirvienta, Paulina, con un cuchillo de cocina clavado en el corazón.

No se descubrió signo alguno de lucha. Quedaba claro que las víctimas habían sido sorprendidas una tras otra. El robo quedaba descartado porque inicialmente en ninguno de los dos escenarios se echó en falta nada. Por tanto, se desconocía el motivo de la matanza.

Las sospechas apuntaron hacia el negocio de ambos socios, no muy limpio –adquirían objetos robados y ejercían de prestamistas– y contaban con ficha policial. Se pensó en un posible ajuste de cuentas.

La noticia del suceso se extendió por Madrid como un reguero de pólvora, lo que causó gran impacto. Sobre todo porque se había producido en una de las zonas más distinguidas de la capital. Numerosos ciudadanos acudieron hasta la tienda de empeños para saciar su morbosa curiosidad. Algunos no podían disimular en su rostro cierta complacencia por el final que habían tenido los usureros.

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La autoridad decidió que tan brutal caso fuera solucionado cuanto antes. Al frente del operativo investigador se puso Antonio Viqueira Hinojosa, el mejor policía criminalista que ha tenido este país. Había esclarecido con rapidez varios de los principales casos de aquella época.

Dedujo que, a causa de la gran cantidad de sangre derramada, el asesino tuvo que mancharse el traje. De inmediato ordenó una batida por todas las tintorerías de la capital. Al poco se recibió la llamada telefónica del propietario de una de ellas, ubicada en la calle Orense, 49, comunicando que un cliente habitual había dejado para su limpieza un terno que respondía a tales características y un maletín. La Policía forzó la cerradura del mismo y encontró un par de plumas estilográficas, un reloj de oro, dos cámaras fotográficas y una radio de bolsillo, tipo de objetos con el que los asesinados solían negociar habitualmente.

El dueño del establecimiento, Julián García, explicó que se trataba de un hombre de constitución fuerte que acudía con asiduidad. Había excusado la sangre de la ropa argumentando que propinó una paliza a un sujeto durante una trifulca en una sala de fiestas.

A la Policía tan sólo le quedaba esperar. Al día siguiente lo detuvieron cuando acudió a recoger la prenda. Se trataba de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris, perteneciente a la alta sociedad madrileña y emparentado con altos miembros de la judicatura.

El nombre de su protagonista ha hecho historia. Un bont vivan perteneciente a una distinguida familia madrileña. Fue compañero en el colegio Nuestra Señora del Pilar de futuros altos cargos del Gobierno, incluso ministros. A él le dio por seguir otros derroteros.

Tras la Guerra Civil marchó a vivir a Puerto Rico y posteriormente a Estados Unidos, donde contrajo matrimonio y después se divorció. Tras algún problema con la justicia americana, retornó a Madrid. Ocho años más tarde se haría famoso por el cuádruple crimen. Se entregó de lleno a una vida disoluta. Quemaba de modo incesante el dinero en juergas, mujeres y drogas.

De fuerte complexión, atractiva apariencia y corte mundano, con grandes dotes de seducción, hasta los chulos le temían. Lo mismo invitaba a toda la barra que se liaba a guantazos con quien se le enfrentara por temas de faldas.

Tras dilapidar en un corto espacio de tiempo quince millones de pesetas, su familia le fue recortando los envíos de dinero que le efectuaba desde Puerto Rico. Acuciado por la necesidad, acudió a Jusfer -la tienda dedicada a la contra y venta de objetos- para pignorar un anillo a cambio de cuatro mil pesetas. Un establecimiento cuya legalidad siempre estuvo en tela de juicio. Se aprovechaba de gente en apurosque no podía obtener dinero rápido. Cobraba intereses del doscientos por cien.

La joya empeñada pertenecía a su amante británica, Beryl Martín Jones. Ésta había regresado a Inglaterra y su esposo, que se la había regalado, le preguntó por la misma. Así que era urgente recuperar el valioso solitario. Entonces los prestamistas le exigieron a Jarabo una autorización escrita de la propietaria. Acudió al poco con la carta, pero los usureros aprovecharon para exigirle cincuenta mil pesetas. En metálico o en alhajas. No le devolvieron la misiva de la mujer, que se quedaron como garantía hasta que regresara el sábado 19 de julio (de 1958) para liquidar el asunto.

“Les pedí la sortija de todas las maneras posibles, pero siempre me daban largas. Ante la llegada de una nueva carta de la inglesa, en que me metía prisa, decidí ir de nuevo a por ellos dispuesto a todo”, declaró a la Policía.

El día de la cita se dirigió a última hora a la tienda, pero llegó tarde porque se entretuvo con una mujer a la que acaba de conocer. Entonces decidió encaminarse hacia el domicilio de uno de los fiadores, Emilio Fernández, que residía en las proximidades. Procuró que no le viera el portero de la finca. Le abrió la puerta la sirvienta y, una vez en el salón, exigió al prestamista que le devolviera el anillo y la carta. Éste se resistió y, según el testimonio de Jarabo, intentó echar mano de una pistola. El visitante fue más rápido y le metió un balazo con la suya. Fin a la discusión.

La empleada salió al pasillo al escuchar el estampido y se dio de bruces en la puerta del baño con el agresor. Éste se fijó en el enorme cuchillo que llevaba en la mano, con el que estaba preparando la cena, y le golpeó en la cabeza con la pistola que acaba de utilizar. En el consiguiente forcejeo entre ambos consiguió clavárselo en el pecho. Hasta la empuñadura. De inmediato la joven cayó inerte.

Sin pérdida de tiempo se lavó las manos y se puso unos guantes de goma que había en la cocina. Empezó a rebuscar por toda la casa la sortija pignorada y el comprometedor escrito. De pronto oyó girar la cerradura de la puerta. Volvió al pasillo encontrándose con la esposa del difunto. Ante la sorpresa de ésta comentó con sumo aplomo que era inspector de Hacienda y que se encontraba allí por una investigación que estaban haciendo al negocio de su marido. Excusó la ausencia de éste y de la criada diciendo que habían marchado a la tienda, junto con unos compañeros suyos, para revisar ciertas cuentas.

La señora, tras observar unas pequeñas manchas de sangre en el pasillo, se asomó al baño. Horrorizada por la macabra escena que presenció, huyó por el pasillo hasta el dormitorio perseguida por Jarabo. Un tiro en la nuca ahogó sus gritos.

Con el fin de crear falsas pistas trasladó el cuerpo de la sirvienta al cuarto de servicio, desgarrándole la ropa y dejándolo sobre la cama para simular una escena de adulterio que habría derivado en tragedia. En una mesa del comedor colocó varias copas y botellas de alcohol para simular una noche de juerga. Incluso colocó un long play en el tocadiscos.

Después reanudó la búsqueda que había emprendido minutos antes. Hizo un reconocimiento minucioso de la vivienda mientras la sangre se deslizaba por cristales y paredes formando un tétrico cuadro impresionista. No dio con lo que buscaba. Lo que halló fue la llave de la tienda.

Sonaron doce campanadas y supuso que el portal estaría cerrado, por lo que optó por quedarse a descansar, con la macabra compañía de tres cadáveres aún calientes. Sabía que los serenos eran muy observadores y confidentes de la Policía.

Por la mañana salió a la calle con tranquilidad. Se había puesto una camisa del difunto, dado que la suya estaba bastante manchada de sangre. La segunda parte de la búsqueda del anillo y la misiva la dejaba para el día siguiente.

El lunes por la mañana, a primera hora, se dirigió a Jusfer. Se metió en el portal y accedió por la trastienda. Se ocultó en el almacén, a la espera del otro socio. No tuvo que aguadar mucho. A las ocho y media giraba la cerradura. Encontronazo frente a frente. Discutieron y al final se enzarzaron físicamente. Dos tiros acabaron con la vida del copropietario. Se apoderó de sus llaves de la caja fuerte pero no consiguió abrirla, pues desconocía la clave.

Llamó a casa del muerto para hablar con su amante, Ángeles, haciéndose pasar por un cliente. Le explicó que la tienda estaba cerrada, tenía prisa y a ver si podía acercarse para atenderle. Su intención era obligarla a que abriera dicha caja. La mujer se negó, razonando que hacía rato que su compañero había salido hacía allí y estaría a punto de llegar.

Mientras, se formó un gran charco de sangre y, como podía salir por debajo de la puerta, la taponó con su propia chaqueta. Echó mano de uno de los trajes en venta que había en la tienda y se lo puso. Después se apoderó de un maletín, donde metió su ropa manchada y también varios objetos suyos que estaban allí empeñados. Sustrajo el dinero de la cartera del muerto.

Abandonó presuroso el escenario del crimen y se dirigió a la tintorería, donde dejó su terno para que lo limpiaran rápido, pues al otro día pasaría a recogerlo. También les entregó el maletín para que se lo guardaran.

Prosiguió con su vida habitual como si nada hubiera ocurrido. Anduvo de cabarés y por la noche se lió con un par de mujeres. Se empeñó en acostarse con las dos a la vez, pero no consiguió que les alquilaran una habitación. Pasaron toda la madrugada de copas y desplazamientos de taxi dando vueltas. A las doce del mediodía se dirigieron a la tintorería.

En la calle Orense, próxima a la tintorería, permanecían apostados los policías, a cuyo frente estaba el inspector Sebastián Fernández Rivas. El taxi se detuvo enfrente y Jarabo bajó mientras dejaba a la espera a sus dos compañeras de juerga. Cuando le dieron el alto no opuso la más mínima resistencia. Era consciente de que no había nada que hacer.

Una vez en comisaría, puso como condición, para empezar a cantar de plano, que trajeran comida, para él y para quienes le iban a interrogar, desde el famoso restaurante Lhardy, así como una botella de coñac. Francés, por supuesto. Incluso consiguió que le dieran una inyección de morfina, dado que era adicto y llevaba toda la noche sin dormir.

En plan charla de sobremesa, fue contando toda la historia criminal surgida a raíz de que empeñara un solitario de oro. Afirmó que sentía hondamente la muerte de las dos mujeres, pero no la de quienes le habían chantajeado.

El Caso vendió con dicho suceso la cantidad de 480.000 ejemplares, un hito del periodismo al romper el techo de tirada en la prensa nacional. La rotativa no daba más de sí. El papel, cuya adquisición el Gobierno autorizaba por cupos de bobinas, se agotó. Hasta entonces Marca ostentaba el récord, con 300.000 copias tras el memorable gol de Zarra a Inglaterra en los mundiales de Brasil de 1950.

El público se volcó con tan apasionante historia y un protagonista de la alta sociedad. “Cuando mataban las clases pudientes, vendíamos mucho más de lo normal. Sexo y un criminal de la burguesía. La muerte de la chica de servicio fue lo que le supuso la pena capital. Los otros eran unos sinvergüenzas, unos usureros”, manifestaba el fundador del semanario, Eugenio Suárez.

El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Madrid en medio de gran expectación. Durante las cinco jornadas que duró la vista, el reo cada día estrenó indumentaria. Convicto y confeso, trató de justificar el ataque a la empleada del hogar, ajena a los tejemanejes de los prestamistas. “No quería matar a la criada, mi propósito era que no gritase”. Se mostró sumamente correcto en todo momento, haciendo alarde de su españolidad.

Sentencia: cuatro penas capitales. Tuvo el luctuoso honor de ser el último condenado a muerte, en garrote vil, por la justicia ordinaria. Un año más tarde del cuádruple asesinato se ejecutó la condena.

El día anterior a su cita con el cadalso mantuvo la serenidad, fumando de modo incesante. Eugenio Suárez le había hecho llegar una caja de habanos, a través del policía que lo interrogó, Sebastián Fernández, como reconocimiento a su infausta contribución al fulminante éxito de ventas del periódico de sucesos. También bebió abundante whisky. A las cinco de la mañana oyó misa y comulgó.

Vestido impecable, tranquilo, casi impasible, con la misma frialdad y orgullo que le habían caracterizado de siempre, acudió a su cita con el patíbulo. Tenía 36 años. De constitución rocosa y pescuezo fuerte, tardó veinte minutos en morir asfixiado. Era el cuatro de julio de 1959.

El verdugo, Antonio López Sierra, alias El Corujo, bastante débil físicamente, iba bebido y no acertaba a rematar su labor. Era costumbre hacer tomar unas copas a los sayones antes del ajusticiamiento para que, a última hora, no se echaran para atrás y cumplieran debidamente con su cometido.

El garrote consistía en un collar de hierro que, por medio de un tornillo con una bola al final, retrocedía hasta romper el cuello. Pero cuando no se hacía de modo correcto provocaba el estrangulamiento, con lo que la agonía se alargaba terriblemente

Antes del entierro se produjeron incidentes en el camposanto de la Almudena, al circular el runrún de que no había sido ejecutado gracias a su relación familiar con la judicatura. El condenado era sobrino del presidente del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo. Se rumoreaba que en el ataúd habían colocado el cuerpo de un gitano fallecido poco antes. En suma, que no había existido tal ejecución, dado el dinero y la influencia de su familia en las altas instancias, y que había escapado ya rumbo a América.

Un comisario que acompañaba a los empleados de pompas fúnebres exigió, para desmentir tal patraña, que se abriera el féretro de inmediato y fuera mostrado el cadáver. Al parecer el enterrador se negó, alegando que constituía una irregularidad manifiesta, por lo que el policía tiró de pistola y apoyó el arma en la sien del operario. A éste no le quedó otro remedio que levantar la tapa del ataúd.

Testigos presenciales manifestaron posteriormente que no habían reconocido a Jarabo, quizá por el sufrimiento experimentado durante su ejecución. No hubo periodistas que dieran fe de ello, dado que no se les permitió el acceso al sacramental.

Tras sepultar al difunto, quedó en el ambiente del cementerio un cierto halo de misterio. Comenzaba la leyenda sobre si continuaba con vida al otro lado del Atlántico. Incluso había quienes manifestaban haberlo visto después en Puerto Rico, donde seguía residiendo su familia.

Su abogado defensor, Antonio Ferrer Sama, tenía clara su personalidad. “La prensa ha titulado El crimen del siglo. Dada la gravedad de sus espantosos resultados, más que crimen del siglo titularía La personalidad psicopática del siglo. El caso Jarabo es excepcional dentro de la criminología, por no decir único. Los juristas y los médicos estudiarán su curva vital e investigarán todas las facetas de su rara existencia”.

Hace unos meses, con motivo de la emisión de la serie El Caso. Crónica de sucesos en TVE, se emitió un documental relacionado con la misma, Dos crímenes por semana. El tema del famoso asesino fue tratado por diferentes personas expertas en dicho suceso. Eugenio Suárez, en su última entrevista, dado que poco después fallecía por su avanzada edad, se reiteraba en el motivo del crimen y la condena. “Que maten a prestamistas de esos me parece una labor puramente de higiene social. Pero es que mató también a la criadita y, tal como empezaba a ponerse el servicio doméstico, eso ya no se perdonaba”.

La muerte de la sirvienta es lo que forzó su condena al garrote vil. Llevó una vida pendenciera, pródiga en alcohol, mujeres y drogas. Su final, antes o después, estaba cantado.

Un nombre destacado para el museo de asesinos célebres. Una historia, apasionante hasta el final, que permanece viva en el recuerdo.

Rastreado en www.lavanguardia.com

Casi tres semanas después de la desaparición de la joven madrileña Diana Quer, la Guardia Civil organizó este viernes una batida en la que sólo participó personal especializado.

La búsqueda, en la que también se utilizaron perros rastreadores, duró más de nueve horas. Los agentes miraron en puntos muy concretos del paraje que previamente les comunicó la policía judicial de la comandancia de A Coruña, en una zona que va entre Taragona (Rianxo) y Boiro.

Unos lugares que están entre 15 y 20 kilómetros de distancia de la casa de veraneo de la familia de la joven, en A Pobra de Caramiñal. Desde el pasado 22 de agosto no se sabe nada de la chica.

El rastro de Diana Quer se esfumó tras regresar a su casa, esa madrugada, para cambiarse de ropa. Había pasado la noche del domingo con un par de amigas celebrando en el pueblo las fiestas de la virgen del Carmen dos Pinxeiros. Se despidió sobre la una y media porque les dijo que se aburría.

Llegó a su casa, sin despertar a su madre y a su hermana, se quitó el pantalón rosa corto con lo que había salido, se puso un tejano largo, cogió una chaqueta, las llaves de casa y salió de nuevo a la calle. Desde ese momento sólo su teléfono móvil, con poca batería a esas horas, ha dejado rastro. Un movimiento que recogieron los dos repetidores de telefonía a los que se conectó el móvil de Diana hasta que estuvo encendido, sobre las cuatro de la madrugada.

La zona más alejada de la casa familiar de los Quer que marca el segundo repetidor está precisamente en esa zona que el viernes quiso rastrear con minuciosidad la Guardia Civil. Fueron casi nueve horas de búsqueda en mitad del campo que, por el momento, no se repetirá hasta la obtención de nuevos indicios que lo aconsejen.

El trabajo de los investigadores, que cuentan con el apoyo de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, sigue sin descartar hipótesis sobre lo que pudo suceder esa madrugada. Pero como en todas las desapariciones inquietantes, el tiempo juega en contra de encontrar con vida a la joven madrileña.

Cursaba segundo de Bachillerato en Madrid y se estaba preparando para aprobar la teórica del carnet de conducir. A estas alturas de la investigación, sin ningún tipo de reivindicación económica que pueda dirigir el caso al de un secuestro económico, se descarta por tanto esta hipótesis.

Como se duda cada vez más que la joven huyera de su casa de manera voluntaria para no regresar. Diana salió sin carnet de identidad, sin pasaporte y sin más dinero que el que le podía quedar de los 20 euros que le dio su madre cuando la acompañó en coche hasta el parque del Valle-Inclán en el que se celebraban las fiestas. A Pobra de Caramiñal es una localidad, de unos 10.000 habitantes, que ese fin de semana de verbena podía multiplicar por dos su población, ante la llegada de turistas y vecinos de los pueblos de los alrededores.

Precisamente a esos pueblos cercanos se ha dirigido la policía judicial solicitar a sus respectivas policías locales todo el material visual que puedan conservar de esos días de todas las cámaras de seguridad que tengan a su alcance. Hay que revisarlas todas. Porque nunca se sabe. Porto do Son, Boiro, Rianxo y Riveiro son localidades situadas alrededor de A Pobra y bien comunicadas por carretera.

En estos momentos de la investigación nada se puede dejar al azar. Todo se debe de analizar.

Rastreado en www.elmundo.es

Tres personas murieron este jueves en Toronto tras ser atacadas con una ballesta, en un incidente que podría estar vinculado con el hallazgo de un paquete sospechoso que obligó al desalojo de un edificio en el centro de la ciudad, informaron las autoridades.

La Policía canadiense reveló que ha detenido a un hombre de 35 años sospechoso de causar la muerte de los tres individuos, dos varones y una mujer.

Los cuerpos fueron descubiertos en la zona este de Toronto alrededor de las 13.00 hora local (17.00 GMT) cuando la Policía recibió información de que una persona había sido apuñalada.

“Cuando los agentes llegaron, encontraron a esa persona y a otras dos que sufrían lesiones que pensamos fueron causadas por una ballesta”, declaró durante una rueda de prensa el sargento Mike Carbone, un portavoz policial. La ballesta fue localizada en el garaje de la vivienda, añadió la Policía.

Un vecino declaró a la radiotelevisión pública canadiense CBC que se oyeron gritos procedentes del garaje antes de la llegada de la Policía.

Tras descubrir los cuerpos, la Policía desalojó un edificio de apartamentos en el centro de Toronto tras descubrir un paquete sospechoso. El incidente está vinculado con el ataque de la ballesta, informó la Policía.

Aunque la Policía no informó sobre el contenido del paquete, la unidad química, biológica, radiológica y nuclear de la fuerza policial fue enviada al edificio.

Rastreado en www.actualidad.rt.com

Juana, una mujer de 28 años conocida como ‘La Peque’, ha confesado desde una prisión de Baja California (México) que, cuando trabajaba para el cártel mexicano de los Zetas, mantuvo relaciones sexuales con algunos cadáveres decapitados y se bebió la sangre de sus víctimas mientras todavía estaba caliente, informa ‘The Daily Mail’.

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Según el diario británico, que cita al portal mexicano Denuncias, la sicaria admite que comenzó a “excitarse, rociarse y bañarse” con la sangre de las víctimas a las que asesinaba, hasta el punto de utilizar “tanto las cabezas cortadas como otras partes de los cuerpos para darse placer”.

“Fui rebelde desde pequeña, luego me convertí en una adicta a las drogas y al alcohol”, explica la rea, que se encuentra a la espera de juicio. Cuando tenía 15 años, Juana se quedó embarazada de un hombre 20 años mayor y, para mantener a su bebé, se dedicó a la prostitución. Posteriormente, se unió al cártel mexicano.

Esta delincuente comenzó a trabajar como ‘halcona’, una persona que observa los movimientos de las fuerzas del orden. Así, su trabajo consistía en vigilar durante ocho horas al día para informar si aparecían patrullas y, si fallaba, la ataban y alimentaban solo con un taco al día por periodos de hasta una semana.

Cuando trabajó para los Zetas, ‘La Peque’ incluso presenció cómo aplastaban la cabeza de un hombre con una maza: “Recuerdo que me sentí triste y pensé que yo no quería terminar así”.

 

Rastreado en internacional.elpais.com

Al menos dos personas han muerto y 14 han resultado heridas en un tiroteo en un club nocturno en la localidad de Fort Myers, al sur de Florida, denominado Club Blu, según ha confirmado la policía.

La cadena de televisión CBS señala que el local acogía en ese momento una fiesta para jóvenes. El ataque se ha producido en el aparcamiento de la discoteca sobre las doce y media de la madrugada, han remachado los agentes encargados de la investigación.

Una testigo, citada por la cadena local Wink News —filial de la CBS—, ha cifrado en unos 30 el número de disparos, presuntamente realizados con varias armas. Las fuerzas de seguridad locales, que investigan la motivación de los autores del tiroteo, han detenido a una persona por su supuesta relación con estos hechos, aunque buscan a otro sospechoso. Fort Myers es una localidad de 62.000 habitantes, situada a unos 250 kilómetros de Miami.

Este asesinato múltiple se produce seis semanas después del ataque a una discoteca gay de Orlando, también en Florida, que dejó 49 muertos en el peor tiroteo de la historia reciente de Estados Unidos. Una masacre que devolvió, de nuevo, el problema del control de armas a la primera línea del debate político.

 

Rastreado en www.larazon.es

El ex dirigente de ETA José Javier Arizcuren, «Kantauri», se sentará en el banquillo por el secuestro y asesinato del concejal del PP en Ermua Miguel Ángel Blanco en julio de 1997.

Tras reabrir la investigación el pasado enero a instancias de la Fiscalía, el juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco acordó ayer el procesamiento del etarra por inducción a secuestro y asesinato terrorista por su «participación directa e inmediata» en los hechos como máximo responsable de los «comandos» de la banda terrorista desde noviembre de 1994 a marzo de 1999. El magistrado aprecia indicios suficientes que acreditan que fue el ex jefe «militar» de ETA quien dio la orden.

De hecho, en dos cartas manuscritas firmadas por «Kantauri» ese mismo año –intervenidas en Basauri tras la desarticulación, en 1997, del «comando Vizcaya», responsable del secuestro–, el terrorista alentaba a los pistoleros de la banda: «Es muy importante darles a los políticos del PP. Deciros que cualquier político del PP es objetivo (…). Poner toda la fuerza posible en levantar a un concejal del PP, dando un ultimátum de días para que los presos estén en Euskadi. En relación a este tema (secuestro) hacerlo lo antes posible». La Guardia Civil fecha esta primera misiva en julio de 1997, precisamente cuando se produjo el secuestro del concejal de Ermua.

En otra carta manuscrita, ésta de septiembre de ese mismo año (posterior, por tanto, al asesinato de Blanco), el entonces dirigente etarra –que en la actualidad cumple condena en Francia por pertenencia a organización terrorista– insiste en la «importancia» de ese tipo de acciones para forzar al Gobierno a negociar sobre los presos de la banda. «Si no podéis hacer un secuestro, darle en toda la cabeza. Pero tened en cuenta que es el secuestro lo que crea inestabilidad y contradicciones mayores por su dureza». «Darles “kaña” lo más fuerte que podáis», se despedía.

Estos documentos ya resultaron determinantes para que «Kantauri» –imputado igualmente como inductor del asesinato de Gregorio Ordóñez en 1995– fuese condenado como responsable de la muerte del también concejal del PP Jiménez Becerril y su esposa en 1998. En un informe de enero de 2002, la Guardia Civil atribuye al etarra la responsabilidad del secuestro y asesinato del concejal del PP «como jefe militar de la organización terrorista en el momento de los hechos», a quien se subordinaban los «comandos activos a quienes dirigía las órdenes de atentar».

La Audiencia Nacional ya condenó en 2006 por esta acción criminal, como autores materiales, al también ex jefe «militar» de ETA Francisco Javier García Gaztelu, «Txapote», y a Irantzu Gallastegui, así como, en 2003, a Ibon Muñoa Arizmendarrieta, en su caso como colaborador del «comando».