ASESINOS QUE SE CREYERON INVULNERABLES

Publicado: 17 marzo, 2018 en ESTÁ PASANDO, REDACCIÓN SEIPC

Rastreado en www.lavanguardia.com

Javier García (alias el Cuco ) Serafín Cervilla, Francesc Xavier Jové, José Bretón, Faustino Pons, Rosario Porto y Alfonso Basterra (padres de Asunta)… y ahora Ana Julia Quezada. No se conocen, pero tienen mucho en común. Al igual que la madrastra de Gabriel Cruz, el Cuco, Cervilla, Jové, Bretón, Pons, Basterra y Porto –sólo son algunos ejemplos– pasaron de víctimas a culpables de un día para otro. Comparten el perfil del asesino de sangre fría. El de los delincuentes que en vez de huir o esconderse permanecen en el escenario del crimen y participan de forma activa en las investigaciones para esclarecer una muerte que ellos han causado. Eso les ayuda a reafirmarse en la creencia de que lo tienen todo controlado. Hasta el punto de sentirse invulnerables, afirma Juan Francisco Alcaraz, presidente de la Sociedad Española de Investigación dePerfiles Criminológicos (SEIPC).

El comportamiento de Quezada ha sido calcado al de otros asesinos que mataron sin moverse de su entorno más cercano. Criminales que antes de ser desenmascarados se esforzaron en presentarse como los más apenados por la tragedia, participaron activamente en las labores de búsqueda cuando la víctima estaba desaparecida, peregrinaron por los medios de comunicación para ganar protagonismo o encabezaron manifestaciones –cuando estaba localizado el cadáver– con el objetivo de exigir justicia y presión policial para atrapar a los culpables.

El Cuco participó activamente en la búsqueda de Marta del Castillo (2009) e incluso atendía a los medios de comunicación, antes de ser detenido por encubrir el asesinato de la joven de Sevilla, cuando se le pedía su opinión. Serafín Cervilla, vecino de Cervera, encabezó numerosas manifestaciones (1999) para exigir la detención del asesino de su esposa violada y estrangulada y cuyo cadáver apareció en las vías del tren. Lloraba desconsolado y clamaba justicia. Un teatro que acabó cuando los Mossos le detuvieron como autor de esa muerte.

Las sobreactuaciones y el descarado engaño de esos asesinos añaden siempre un grado de indignación. Pasó en los casos mencionados y ha vuelto a repetirse tras el arresto de Ana Julia, con un odio (esta vez mezclado con mensajes racistas y misóginos) pocas veces visto en las redes sociales. Cuesta digerir que esos criminales sean capaces de llegar tan lejos y alarguen, sin rastros de empatía, el sufrimiento de los familiares de esas víctimas. Hasta el punto de lanzar mensajes, como hizo Ana Julia, que animan a la esperanza de encontrar con vida al ser querido, cuando ellos han escrito ya el final de la historia.

“Son personalidades criminales a las que les gusta seguir el curso de hechos que ellos han causado. Quieren controlar todos los frentes de las pesquisas y en algunos casos participar en la búsqueda de personas que ellos han matado les puede generar un subidón de adrenalina. Mantenerse en primer plano reafirma entre esos asesinos la creencia de que son invulnerables. Hasta el extremo de pensar que son más listos que los investigadores”, añade Juan Francisco Alcaraz.

Faustino Pons asesinó (1994) de un tiro a su mujer en la bañera de su casa. Enterró el cadáver en una torre de las afueras de Lleida y empezó una peregrinación por medios de comunicación donde pedía ayuda para localizar a su esposa. Un apenado marido que llegó a contratar a un abogado para que le asesorara y dar más credibilidad a su versión. Cuando la Policía le desenmascaró se pegó un tiro ante los agentes, junto a la fosa en la que había enterrado a su mujer y que los investigadores habían empezado a excavar.

Francesc Xavier Jové llevó a hombros el féretro (1988) de un niño de Maials violado y asesinado. En las batidas para encontrar el cadáver del menor, Jové siempre se mantuvo en primera línea. Estaba destrozado por la pérdida de ese amigo. Todo era mentira. El asesino era él. Los padres de Asunta Basterra (2013), al igual que José Bretón (2011), interpretaron también a la perfección durante meses el papel de progenitores compungidos por la pérdida de sus hijos. Otro engaño. Los tres están condenados por los asesinatos de esos niños.

La desgracia para ese asesino de sangre fría y la suerte para los investigadores es que la sobreactuación acaba destapándoles. “Suelen significarse demasiado en su afán de protagonismo”, indica Alcaraz. Le pasó a Serafín Cervilla, a Faustino Pons, a José Bretón… y también a Ana Julia Quezada. En el caso de esta mujer las excesivas muestras de cariño fuera de tono hacia el padre de Gabriel, las ansias de protagonismo, sus cambios de estado de ánimo o el extraño incidente del hallazgo de la camiseta del niño hicieron saltar todas las alarmas.

Alcaraz apunta que en el episodio de Ana Julia y el resto de ejemplos se vislumbran componentes psicopáticos propios del asesino que hace gala de una habilidad especial para “la manipulación, el cariño exagerado sin venir a cuento, la frialdad emocional, la mentira y la total ausencia de sentimientos hacia las víctima”. Todo queda desenmascarado cuando se invierten los papeles y es el investigador el que manipula al criminal, en favor de la resolución del caso, con estrategias que provocan el error del sospechoso. Es lo que les pasó a estos fríos asesinos, que coinciden en otra cosa: la mayoría planificaron sus crímenes.

 

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