Archivos para mayo, 2016

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Estrangulados. Ésa es la conclusión de los forenses en el informe preliminar sobre la causa   y del fallecimiento de  Juan Carlos y Araceli Oliva, los hermanos de 79 y 75 años asesinados en su piso de Valencia, y que han permanecido más de un mes muertos en una de las cinco habitaciones de la vivienda.

El asesino trató de retrasar al máximo el hallazgo de los cadáveres camuflando el olor que producen los cuerpos en descomposición con toda clase de artimañas: envolvió los cuerpos en sacos de dormir y los empaquetó con cuerdas, los cubrió con una alfombra, colocó una gruesa capa de sacos de arena para gatos sobre los cadáveres y después llenó la habitación de ambientadores. Antes de irse, puso un candado en la puerta de la habitación por fuera y cerró perfectamente con llave la de la vivienda.

La puesta en escena, una de las más elaboradas con que se ha encontrado la policía en Valencia y que revela una clara premeditación del doble crimen, dio resultado: la hipótesis más probable es que llevaran muertos desde mediados de abril, pero los vecinos no empezaron a detectar el mal olor hasta primeros de mayo.

La vecina que más relación tenía con ellos llamó al administrador de la finca el 1 de mayo, preocupada por el hedor que comenzaba a impregnar el pequeño patio interior que comparten las seis plantas de la finca que ocupa el 54 de la calle Císcar. Se revisaron las zonas comunes y se preguntó a lo vecinos, pero nadie detectó el foco del mal olor.

Conforme fueron pasando los días, crecía la alarma, pero fue el viento de poniente, que elevó 10 grados la temperatura el domingo, el que finalmente propició que los vecinos no pudieran más y llamaran a la Policía, porque al hedor reinante en el edificio se le sumó la alarma de no saber nada de Araceli y de Juan Carlos.

El teléfono fijo de los dos hermanos y sus móviles llevaban sonando sin respuesta desde el primero de mayo. Algunos vecinos y amigas de Araceli incluso llamaron a Puebla de Arenoso, el pueblo de Castelló de donde era originaria la familia materna de ambos, para preguntar si estaban allí, extrañados porque no sabían absolutamente nada de ellos. «Eran muy discretos y reservados, pero hasta el punto de no dar señales de vida de ningún tipo…», deja en el aire la respuesta una de las vecinas de los dos hermanos, que siempre habían vivido juntos, primero con sus padres y, después de morir éstos, solos, en el piso donde han sido asesinados.

Tras el hallazgo de los cadáveres, un vecino recordó lo que podría ser el primer paso para resolver el caso: al llegar a casa, un día de abril, se topó con un desconocido saliendo de casa de Araceli y de Juan Carlos. Pese a no conocerlo, le dejó incluso entrar en su casa.

Ese hombre –de mediana edad, complexión fuerte, pelo moreno peinado hacia atrás y posiblemente español– le dijo que no se preocupara ni él ni el resto de vecinos en caso de que no viera a los dos hermanos o de que no respondieran al timbre y al teléfono, ya que se habían ido de viaje fuera de Valencia «por una larga temporada». Es más que posible que ese fuese el momento exacto en el que echó la llave para huir, tras haber dejado preparada la habitación en la que había encerrado los cuerpos empaquetados.

Respecto al móvil, todo indica que el autor del doble asesinato buscaba el dinero de Araceli y de Juan Carlos, que vivían de sendas pensiones y del dinero heredado de sus tías maternas y de sus padres. Eran los únicos descendientes y jamás se habían casado ni tenían hijos. Esa pequeña fortuna les permitía una vida holgada, pero también parece haber sido el imán que atrajo a su asesino.

De momento, el grupo de Homicidios de la Policía Nacional de Valencia centra sus esfuerzos en localizar a ese desconocido que se presentó como el «cuidador» de Juan Carlos, convaleciente de una reciente operación a la que fue sometido hace alrededor de dos meses, para corregirle las secuelas en la pierna derecha que le dejó una caída fortuita el verano pasado en Puebla de Arenoso y que comprometió su movilidad. Ese hombre, del que ni siquiera se conoce la identidad, ha desaparecido sin dejar rastro, lo que le ha convertido en el objetivo número uno de los investigadores para que explique su relación con el doble crimen.

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El olor era insoportable, por eso Sabine Seel abrió el viejo garaje anexo a la casa de su padre, ya fallecido, dispuesta a sacar de allí algún animal muerto. Armada de guantes, mascarilla y una escoba, desprecintó un tonel de plástico azul del que determinó que procedía la pestilencia, pero lo que encontró no fue un animal, sino lo que le pareció distinguir como un pie humano. Un poco más abajo una sección de un muslo, ya putrefacto. El resto del contenido del tonel fue recuperado por la policía forense y permitió comenzar a atar cabos.

Parte de un cadáver, descuartizado, pertenecía a Britta Diallo, una prostituta que constaba como desaparecida, pero había también restos de otros cuerpos y los investigadores de la policía alemana lo tuvieron bastante claro desde el principio. «Quien mata con semejante crueldad y descuartiza cadáveres con semejante eficacia lo ha hecho más de una vez», explica Holger Thomsen, el encargado de averiguar cómo habían llegado esos restos al garaje de Manfred Seel y que de inmediato comenzó a buscar en las bases de datos policiales.

Seel, un músico jubilado que tocaba el saxofón y el clarinete, había fallecido en agosto de 2014. Un hombre hogareño, que se tomaba una cerveza después de los ensayos con el resto de la banda y que pasaba parte de su tiempo libre el garaje, en medio de sus herramientas, sin que nadie le molestara. Para su familia, las únicas dos mujeres en su vida fueron su mujer y su hija. Su vecino, Erich B., de 71 años, ha reconocido que alguna vez fueron juntos a Fráncfort a «ver mujeres», pero nunca sospechó que Manfred fuera un asesino. «Que haya echado alguna canita al aire, no digo que no, pero que haya levantado la mano contra alguien, eso no puedo creerlo», ha testificado el vecino.

La investigación policial, sin embargo, concluía lo contrario. Pronto pudo relacionarse a Seel con la muerte de Gisela Singh, de 36 años y cuyo cuerpo mutilado fue hallado por unos recolectores de setas en 1991 en Hofheim, y con el de Dominique Monrose, de 32, cuyo torso apareció en una bolsa de basura en la cuneta de la A661 en 1993. Y también con el brutal asesinato de Tristan Brübach, de 13 años, cuyo cadáver apareció en 1998 en un túnel de la ciudad de Frankfurt. Esto bastó para que la prensa alemana le atribuyese de inmediato el apodo «Jack el destripador alemán», pero hay más.

Esos primeros hallazgos permitieron establecer el perfil de un «coleccionista de trofeos» que guardaba en su garaje, a solo 15 kilómetros de la estación central de Fráncfort, alguna parte del cuerpo de cada una de sus víctimas. También comenzó a perfilarse un patrón. Buscaba prostitutas, preferentemente drogadictas, primero en Fráncfort pero después en otras ciudades alemanas. Desaparecían para siempre, eran casos no resueltos. «Tristan sale del esquema, posiblemente porque quiso probar algo nuevo», explica el investigador.

Un registro pormenorizado del garaje y de la casa en la que vivió no ha servido para encontrar más restos, pero la policía sospecha que existe un escondite secreto donde atesoraba sus trofeos, cuya ubicación está todavía por descubrir. En su ordenador personal han sido halladas 32.000 fotografías de pornografía violenta y las lesiones que pueden verse en esas imágenes coinciden con las de los cuerpos hallados. La investigación ha abierto una vía en internet.

«El factor decisivo para la atribución de más delitos es ese patrón de lesiones», alega Thomsen, que considera que por ahora pueden atribuírsele hasta 14 asesinatos en 43 años. «Además hay otras similitudes. Los zapatos de la señora Singh fueron colocados cuidadosamente junto a la cabeza. Y también los zapatos de Tristán, cuyo cuerpo fue encontrado en decúbito prono, habían sido minuciosamente ordenados según la misma disposición».

Thomsen mantiene el caso abierto. Faltan por encontrarse partes de algunos cuerpos, como el brazo izquierdo de Britta Diallo. No se descarta el canibalismo, pero los investigadores continúan buscando otro escondite.