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A Ágata Christie la biología computacional, seguramente, le hubiera jugado una mala pasada. Y es que a su archifamoso detective Poirot le hubiera bastado un análisis genético para esclarecer buena parte de los casos inventados por la escritora inglesa. Un par de páginas a lo sumo y novela resuelta.

Determinar la hora de la muerte de una persona es clave para resolver un crimen. Puede inculpar a un sospechoso o, por el contrario, dar por válida una coartada y liberar a otro. El problema es que, hoy por hoy, “no existe ninguna técnica que permita determinar el momento exacto de la muerte con fiabilidad. Solo podemos dar intervalos de tiempo, de como poco cuatro horas”, explica a Big Vang Josep Castellà, al frente del servicio de patología forense del Institut de Medicina Legal i Ciències Forenses de Catalunya (IMLCFC).

En ese sentido, los cambios que se producen en los genes, a causa de la muerte, podrían ayudar a determinar con mayor precisión cuándo ha fallecido un individuo, según ha descubierto un equipo internacional de científicos, liderados por el investigador Roderic Guigó, coordinador del programa de bioinformática y genómica del Centre de Regulació Genòmica (CRG) de Barcelona.

“Podría ser una herramienta más del análisis forense -señala Guigó-. Por ejemplo, tras morir una persona, se podrían analizar rápidamente algunos tejidos como pulmón o piel para determinar el intervalo post mortem”.

Los investigadores han estudiado más de 7000 muestras de 36 tejidos distintos que pertenecieron a 540 individuos que habían muerto durante las 24 hora previas. Esas muestras forman parte de la base de datos de un ambicioso proyecto internacional llamado GTEx, que tiene por objetivo entender mejor o qué las distintas células del organismo, a pesar de compartir el mismo ADN o ‘libro de instrucciones’ realizan funciones distintas; o por qué pequeñas variaciones entre personas de esas instrucciones puede modificar el comportamiento de las células, entre otros.

A pesar de lo rápido y fácil que se ve el proceso en las series, determinar la hora en que ha fallecido una persona es algo más complicado. Tal como explica Josep Castellà, al frente del servicio de patología forense del Institut de Medicina Legal i Ciències Forenses de Catalunya (IMLCFC), los forenses se basan en una combinación de observaciones y pruebas.

Para empezar, el enfriamiento del cadáver. La temperatura del cuerpo de personas vivas está entre 36 y 37ºC, sea cual sea la temperatura ambiental. Eso es gracias a las reacciones metabólicas del organismo que nos permiten generar energía y calor. Al morir, la temperatura corporal desciende hasta igualarse con la ambiental, pero no es un proceso lineal. “Durante las primeras 24 horas, podemos a partir de la temperatura ambiental, la del cadáver y el peso inferir cuándo ha muerto a persona con un intervalo de cuatro horas”, dice Castellà.

El segundo factor que se tiene en cuenta es la lividez cadavérica. Cuando deja el corazón de latir, los 6 o 7 litros de sangre del organismo por efecto de la gravedad se concentran, por ejemplo si la persona está tumbada, en la parte trasera del cuerpo. La piel adquiere una tonalidad rojiza en esas zonas.

En tercer lugar, los forenses analizan el rigor mortis. Dos o tres horas después de que una persona fallezca, la musculatura del organismo se empieza a contraer. “Podemos estudiar la evolución de la rigidez del cuerpo para calcular la hora de la muerte”, señala Castellà.

Por útimo, también analizan la cantidad de potasio que hay dentro del humor vítreo, un líquido dentro del globo ocular. “Cuando pasan más de 24 horas desde la muerte del individuo, se hace más difícil establecer la hora de fallecimiento. Y si el cadáver ya se ha empezado a pudrir, el grado de error es mayor. Por eso los forenses debemos ser muy prudentes y cautos, porque en casos de asesinato, por ejemplo, calcular más el intervalo de tiempo en el que puede haberse producido la muerte puede suponer dejar en libertad a un sospechoso muy sospechoso”, dice Castellà.

“Todas las células del organismo comparten el mismo genoma, que es el conjunto idéntico de genes. Ese genoma es siempre igual y estable en el tiempo, por eso podemos reconstruir, por ejemplo, el genoma de un neandertal”, explica Guigó.

Sin embargo, las células de cada tejido son distintas, porque las instrucciones codificadas en su ADN se interpretan de diferente manera. “Los 20000 genes que forman el genoma no funcionan igual en todos los tejidos. Algunos genes funcionan solo en el hígado, otros solo en la piel, y muchos están expresados con diferente intensidad; hay que pensar en los genes no como en una bombilla que se apaga o se enciende sino como una que puede regular la intensidad de luz que emite”, remacha Guigó.

En el estudio, que recoge esta semana Nature Communications, los científicos vieron cómo “ a medida que se transcurre tiempo desde la muerte, se producen cambios en la expresión de los genes de forma consistente en cada tejido, con un patrón característico que nos permite estimar luego la cantidad de tiempo que una persona lleva muerta”, afirma Guigó. a mayoría de los cambios en la actividad de los genes se producía entre siete y 14 horas después de la muerte.

A continuación, diseñaron un modelo para predecir el intervalo post mortem basado en esos cambios en la expresión de cada tejido. Para ello, se basaron en un tipo de inteligencia artificial, llamado machine learning: enseñaron a un algoritmo los patrones de cambio de los genes de 399 personas y luego lo aplicaron, con éxito, para predecir la hora de la muerte de otras 129 personas.

“Hemos hecho un programa o modelo que usa la información de todos los genes en todos los tejidos de que disponemos para predecir la hora de la muerte de la persona. Aunque se necesita más investigación, porque hay que ver si esos patrones varían en función de la edad de la persona, el sexo, la temperatura del entorno en que estaba u otras variables, podría ser una técnica adicional complementaria a las que ya usan los forenses”, considera Guigó

Para Castellà, “podría ser una herramienta potencial”, pero antes, señala, “debería haber estudios que analicen qué pasa con las variaciones entre persona. Se tiene que ver si esas modificaciones genéticas que han visto los investigadores se dan en todo el mundo siguiendo el mismo patrón de tiempo, porque aunque los cadáveres tienen una evolución similar todos, es ligeramente distinta de uno a otro ”.

También, especifica este experto en medicina forense, que habría que definir muy bien qué se entiende por muerte. “Cuando el corazón deja de latir, hay algunas partes del organismo que siguen vivas parcialmente. Por ejemplo, el bíceps. La dificultad de diagnosticar la hora de la muerte es que hay que tener en cuenta al individuo como un todo. Podría dar lugar a errores determinar la muerte a partir de un tejido concreto y no de todo el organismo”.

Eso sí, puntualiza, “de confirmarse su potencial como herramienta diagnóstica, podría ser muy útil cuando no disponemos de un cuerpo entero, sino solo de partes o de tejidos. Por ejemplo, alguna vez nos llegan personas descuartizadas en maletas, y en esos casos saber la hora de la muerte es muy complicado. Ha pasado tiempo desde que las han asesinado, han perdido la sangre e incluso a veces han comenzado fenómenos de putrefacción. En estos casos, el análisis de los cambios de los genes podría ser útil”.

 

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El estupor se ha apoderado de la ciudad de Toronto ante el caso del que ya se denomina ‘el jardinero asesino de gays’. Bruce McArthur, de 66 años, “plantó” en decenas de macetas los restos de sus víctimas en un caso sin precedentes en la ciudad canadiense.

Agentes inspeccionando una de las casas donde trabajó Bruce Mcarthur (arriba a la derecha). REUTERS

Detenido y acusado de homicidio en primer grado de al menos cinco personas, la Policía de Toronto sigue la búsqueda de víctimas, ya que las autoridades temen que el número sea mucho mayor.

McArthur fue arrestado el pasado 18 de enero y acusado de la muerte de dos personas, Selim Esen, de 44 años, y Andrew Kinsman, de 49, con el que mantenía una relación sentimental.

Sin embargo, este lunes, la Policía añadió tres nuevos cargos, los asesinatos de Majeed Kayhan, de 58 años; Soroush Mahmudi, de 50; y Dean Lisowick, de 47.

Aunque la Policía inicialmente se resistió a calificar a McArthur de “asesino en serie”, las autoridades policiales reconocen ahora que se equivocaron y que el detenido puede ser responsable de muchas más muertes.

Centenares de agentes siguen buscando restos humanos en al menos 30 propiedades donde McArthur ha trabajado los últimos años después de que la Policía descubriese los esqueletos de tres personas en macetas de grandes dimensiones que el jardinero había colocado en una vivienda de Toronto.

Ahora, la Policía se ha incautado de otras doce macetas similares mientras realiza pruebas de ADN a los restos humanos descubiertos para intentar identificar a las víctimas. “Creemos que hay más restos humanos en algunas de estas propiedades y estamos trabajando para recuperarlos”, señaló el detective de la Policía de Toronto Hank Idsinga.

La Policía se enfrenta a fuertes críticas por ignorar durante años las desapariciones de varias de las víctimas, todas ellas conocidas en ambientes homosexuales de la ciudad.

El arresto de McArthur sólo se practicó después de que activistas de la comunidad gay de Toronto estableciesen una campaña para presionar a las autoridades para que investigasen a fondo las desapariciones ocurridas en los últimos años en el barrio gay de Toronto.

“Este es un problema que va mucho más allá de la comunidad gay, es un problema que atañe a toda la comunidad de la ciudad de Toronto”, señaló Idsinga.

“La ciudad de Toronto jamás ha visto algo así, se trata posiblemente de un asesino en serie y ha tomado medidas para cubrir sus huellas”, agregó.

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Un triste suceso sacude Estados Unidos. El cuerpo sin vida de la modelo Sara Zghoul, de 28 años, fue hallado decapitado y descuartizado el pasado domingo en dos maletas dentro del maletero de un BMW en Aloha, en el estado de Oregón, según han informado fuentes policiales.

El pasado jueves, la Policía recibió una llamada alertante de un hombre que aseguraba haber matado a una persona. Al llegar al lugar de los hechos se encontraron con la terrible escena y encontraron al joven con varios cortes en la garganta, que sospecharon que se había autoinflingido él mismo y lo trasladaron a un hospital.

Cuando registraron la vivienda hallaron en el maletero del coche dos maletas que contenían los restos de la modelo descuartizada. Por el momento, el portavoz de la Policía de Washington, Jeff Talbot, no ha querido desvelar más detalles del macabro suceso que ha conmocionado Oregón a la espera de descubrir qué sucedió realmente.

Lo que sí se sabe es que el supuesto sospechoso se mantiene bajo custodia policial a la espera de que se esclarezca el asesinato de la joven.

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Del alrededor de 300 asesinatos que se registran anualmente en España, en poco más del 2% hay menores involucrados, aunque el impacto social de estos casos, como el último de dos ancianos de Bilbao, suele reabrir el debate sobre el tratamiento penal para los delitos más graves cometidos por adolescentes.

A la espera de la publicación del balance de criminalidad correspondiente a 2017, las últimas estadísticas disponibles del Ministerio del Interior hablan de ocho menores detenidos por homicidio doloso o asesinato en 2016 y veintisiete más en grado de tentativa.

Estos datos suponen un 2,4% de los 327 arrestos practicados en relación con las 292 muertes violentas registradas ese año. Suponen una disminución de este tipo de delitos cometidos por menores respecto al año anterior, cuando fueron arrestados 13 adolescentes por asesinatos u homicidios intencionados que llegaron a consumarse, y otros quince lo fueron en grado de tentativa.

En el año 2016, de los ocho menores arrestados por asesinato consumado, siete eran españoles y uno extranjero; seis eran varones y dos, chicas; y la mayoría de las detenciones se produjeron en Andalucía (5), además de Canarias, Comunidad Valenciana y Murcia, con un arresto en cada una de esas tres comunidades.

La Ley de responsabilidad penal del menor establece medidas de internamiento de hasta diez años para los responsables de delitos especialmente graves, aunque solo para aquellos que tengan 16 ó 17 años, ya que los de 14 ó 15 años solo podrán permanecer internados por un período máximo de seis años.

Estas previsiones máximas de internamiento responden a la reforma legal que entró en vigor en 2007, ya que, de acuerdo con la ley anterior -de 2000- los adolescentes de 14 y 15 solo podían cumplir un máximo de cinco años, y los de 16 y 17, hasta ocho años.

Por debajo de los 14 años, los menores delincuentes están exentos de responsabilidad y no se les podrán aplicar medidas de reinserción, según la Legislación vigente.

La legislación también contempla el traslado del delincuente a una prisión de adultos al cumplir los 18 años si el juez así lo decide y de manera automática al cumplir los 21, salvo que el magistrado se oponga expresamente.

La reforma legal de 2007 introdujo otra novedad para combatir el entonces creciente fenómeno de las bandas juveniles, como fue la posibilidad de imponer a los menores una medida de internamiento de hasta 3 años (para adolescentes de 14 y 15 años) y hasta 6 (para los de 16 y 17) si el delito, aun sin ser grave ni violento, se comete por la pertenencia a una de esas bandas.

Aunque algunas voces -y partidos como el PP- apuntan periódicamente a la necesidad de cambiar la ley para que pueda imputarse a adolescentes de menos de 14 años en casos muy graves, la última Memoria de la Fiscalía pone el foco en un sistema educativo «fallido» como principal responsable de la delincuencia juvenil, la violencia machista entre los adolescentes, el acoso escolar y las agresiones en el seno familiar.

En ese informe, correspondiente a los delitos cometidos en 2016, el Ministerio Público alertaba de un «ascenso paulatino» de la violencia machista perpetrada por menores; ese año, 179 menores fueron enjuiciados por delitos contra la mujer, un 10,5 % más que el año anterior, y en un 90,62 % de los casos se impusieron medidas.

En general, los delitos cometidos por menores se mantuvieron estables e incluso disminuyeron las agresiones de hijos a padres y familiares.

CRIMEN DE OTXARKOAGA

Publicado: 29 enero, 2018 en ESTÁ PASANDO

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Las declaraciones de los tres menores ante la fiscal de menores, que instruye el asesinato de Lucía y Rafael en su casa del barrio bilbaíno de Otxarkoaga, han aportado algunas luces al caso, pero también dejan sombras.

Mientras que los dos primeros detenidos, ambos de 14 años -miembros de familias desestructuradas-, han asumido que entraron a robar en el domicilio del matrimonio octogenario, ubicado en el número 16 de la calle Zizeruena, ninguno de ellos confiesa que cometiera los crueles crímenes de los dos ancianos de 87 años, según ha podido saber este periódico en fuentes cercanas al caso.

El considerado por los investigadores como autor material de los homicidios, detenido el domingo de la semana pasada en Balmaseda, donde estaba escondido en la casa de un tío, alega que estaba «empastillado» y bajo el efecto de drogas y alcohol. Así, dice que sufre una laguna mental que le impide «recordar» lo que hizo aquel día. Admite que, en compañía del otro chico de su edad, treparon por una tubería de la fachada y entraron en el segundo piso del matrimonio por una ventana trasera que aseguran «estaba abierta» en ese momento. Según la autopsia practicada a los cadáveres, los asesinatos debieron de perpetrarse entre las nueve y las diez de la mañana del pasado día 18, jueves, cuando ambos deberían estar en clase. No llevaban guantes ni tomaron otras medidas de seguridad, por lo que dejaron numerosas huellas dactilares en la vivienda de las víctimas.

Este joven, cuyos padres se encuentran en prisión cumpliendo condena y que está tutelado por la Diputación vizcaína, confesó que había cometido otros robos similares en domicilios con anterioridad, aunque aseguró que siempre que encontraba gente dentro echaba enseguida a correr. Su abuelo y una educadora social le acompañaron en su estancia en la comisaría y en dependencias de la Fiscalía.

Se encontraba fugado desde hace meses del último centro foral de protección en el que había ingresado -con anterioridad ya había escapado de otros-, y había llegado a dormir en portales y en casas de amigos. Pesaba sobre él una orden de detención desde noviembre por haber pegado a un profesor del colegio de Otxarkoaga y a varios alumnos. No hacía ningún caso a los educadores sociales que le intentaban reconducir. De hecho, la noche previa al crimen, pernoctó en la casa del tercer arrestado, de 16 años y vecino de las víctimas.

El segundo detenido -que fue entregado por su familia a la Ertzaintza en la gasolinera de Miribilla la tarde del domingo de la semana pasada-, ha declarado que entró con su amigo a robar en la vivienda, también bajo el efecto de pastillas, aunque asegura que su cometido pasaba exclusivamente por registrar el domicilio en busca de joyas y dinero, y que salió corriendo sin ver nada más. Después se repartieron el escaso botín de dinero y joyas que habían conseguido. También este adolescente ha estado bajo la tutela foral, aunque en la actualidad tenía la custodia su madre.

La Diputación ejerce la tutela cuando no hay progenitores ni familiares que puedan hacerlo. Suelen ser casos relacionados con graves problemas mentales y drogadicciones severas. Según explican fuentes forales, la institución actúa en cuanto tiene conocimiento de que un adolescente puede estar en situación de desprotección o desamparo y se intenta que el tiempo en los centros sea el menor posible.

Por su parte, el tercer arrestado, que se presentó en la subcomisaría de Zabalburu el pasado lunes, niega su participación en los crímenes. Sostiene que cuando el otro implicado se fue de la casa de su madre donde habían pasado la noche, él se quedó dormido. Rechaza que realizara labores de vigilancia o que planificara el robo con los otros dos implicados marcándoles el objetivo, aunque, curiosamente, reconoce que no salió de casa hasta cinco o seis días después de los asesinatos. Su madre ha denunciado ante la Ertzaintza que ha sufrido amenazas y que el nombre y la imagen de su hijo se han hecho públicas en las redes sociales, por lo que valora cambiarse de domicilio al sentirse «en peligro».

Los tres chavales se encuentran en el centro de internamiento cerrado de Zumarraga, donde les envió la titular del juzgado de menores número 1, a petición de la fiscal, y donde no tienen contacto entre ellos. Sólo han salido de allí para los registros domiciliarios en Otxarkoaga y Balmaseda del pasado jueves, y uno para volver a declarar.

Los responsables de la investigación de la Ertzaintza esperan a conocer el resultado de los análisis de las evidencias biológicas para clarificar la participación de cada uno en el doble asesinato. Se recogieron más de 350 muestras en la vivienda, muchas de ellas restos de sangre que serán cotejadas con el ADN de las víctimas y de los acusados. La Policía también cuenta como pruebas incriminatorias con algunas prendas de vestir, huellas dactilares y de calzado y testimonios de personas que aseguran haberles visto por la zona.

Ninguno de los testimonios de estos tres jóvenes ha aclarado, sin embargo, la violencia extrema con que se cometieron los crímenes. «¿Era necesario para robar acuchillar, tirar al suelo, patear, romper la cabeza?, ¿qué criterios están operando en estos chicos?», se pregunta horrorizado el coordinador de fiscales de menores del Tribunal Supremo, Javier Huete, que conoce la realidad bilbaína ya que ejerció como fiscal antidrogas en la capital vizcaína hasta 1996, cuando, amenazado por ETA, se trasladó a Madrid. En su opinión, la violencia «desmesurada» refleja «una pérdida del valor de la dignidad humana» y aprecia detrás «la influencia de elementos externos del tipo videojuegos, donde la violencia es el primer recurso».

Mientras la Diputación vizcaína mantiene el silencio, Huete advierte de que en este caso puede haber habido un error de diagnóstico del equipo técnico, que «no detectó la realidad de estos chicos».

El alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, ha anunciado firmeza y más medios al aprobar un plan de seguridad, que incluye 25 medidas, entre ellas un incremento de la plantilla de la Policía Municipal. Una de las primeras acciones para intentar diluir la alarma social ha sido aumentar el número de efectivos que patrullan el barrio, a pie y en coche, en la última semana. «Nunca ha habido tantos policías en Otxarkoaga», comentan los vecinos.

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El policía Mijaíl Popkov, condenado en 2015 a cadena perpetua por el asesinato de 22 mujeres, ha reconocido ahora haber matado a otras 60 mujeres entre 1992 y 2007 en una pequeña ciudad de Siberia, lo que le convertiría en el mayor asesino en serie de la historia moderna de Rusia.

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Las autoridades rusas ya han presentado cargos contra Popkov por 47 de los 60 asesinatos confesados en prisión, tras hallar y exhumar los cadáveres de las víctimas, informó estos días un periódico de la región siberiana de Irkutsk.

El pasado 27 de diciembre, un tribunal de Irkutsk ha prorrogado el arresto del maníaco -que ya cumple cadena perpetua, la pena máxima que se aplica en Rusia-, a la espera de que se celebre el nuevo juicio.

Los investigadores han completado diversos peritajes forenses y han dado por probada la culpabilidad del asesino, que se ha denominado a sí mismo como “El Purgador”, al afirmar que sólo mataba a “mujeres de vida disipada”.

En el juicio celebrado en 2015 se demostró que este depredador -policía en activo hasta 1998- violó y mató al menos a 22 mujeres entre 1994 y 2000 en Angarsk, una localidad de poco más de 230.000 habitantes en la región siberiana de Irkutsk.

Durante aquel proceso, Popkov explicó que recorría de noche las calles de la ciudad en un coche -muchas veces el oficial de la policía-, ofrecía a mujeres que se encontraba por el camino llevarlas a casa y luego sólo “castigaba” a aquellas que aceptaban tomarse una copa con él.

En octubre de 1998, según dijo entonces al tribunal, mató a dos amigas de 19 y 20 años a las que recogió cuando volvían a casa después de un concierto, en el que fue uno de los al menos cinco asesinatos dobles que perpetró durante sus cacerías.

Mientras conducía, “empecé a sentir asco hacia las chicas por su comportamiento despreocupado y quise castigarlas”, relató al detallar cómo apuñaló repetidas veces en la cabeza a una de las jóvenes, y cómo persiguió y mató a la otra, cuando intentaba huir.

“Fue su culpa. Andaban borrachas por la calle en lugar de estar en casa con sus maridos e hijos”, llegó a decir Popkov acerca de sus víctimas.

Sin embargo, dos mujeres que lograron sobrevivir a sus ataques desmintieron esa versión.

Presumió ante sus compañeros de celda “haber matado a más gente que Andréi Chikatilo”, considerado hasta ahora el mayor asesino en serie en la historia de Rusia y la Unión Soviética, con 53 homicidios demostrados por la Justicia.

Los cadáveres de casi todas las víctimas, con edades comprendidas entre los 17 y 38 años, fueron encontrados desfigurados y con señales de violación en cementerios, cunetas y zonas boscosas próximas a Angarsk, una ciudad industrial de Siberia Oriental.

Aunque al menos nueve mujeres fueron asesinadas con un hacha, Popkov, que en la actualidad tiene 49 años, llegó a utilizar todo tipo de objetos para quitarles la vida a sus víctimas, incluidos cuchillos, destornilladores, punzones, garrotas, bates de béisbol y tacos de billar, entre otros.

Años antes de que las autoridades dieran con el asesino en 2012, medios de comunicación que investigaban los crímenes revelaron que la mayoría de las mujeres asesinadas eran de estatura mediana (155-170 centímetros), corpulentas y estaban ebrias en el momento de su secuestro.

Las semejanza física de las víctimas y del “modus operandi” del asesino hizo pensar a la policía que se enfrentaban a un maniaco, pero no fue hasta hace cuatro años cuando los investigadores lograron dar con el monstruo, al que finalmente se identificó gracias a unas pruebas de ADN.

Un perfil psicológico filtrado a la prensa rusa mucho antes de que se encontrara al asesino acertó en muchos aspectos: la policía buscaba a un hombre de entre 30 y 35 años (en la época de los asesinatos), residente en Angarsk, que se llevaba a sus víctimas en un vehículo oficial y que podía trabajar en un cementerio.

Años después se supo que Popkov solía “salir de cacería” al volante de un todoterreno policial, al menos mientras no fue despedido de los órganos en 1998, y que en su tiempo libre se ganaba un extra como enterrador, oficio que ya había ejercido de adolescente en el cementerio en el que también trabajaba su padre.

Aunque su mujer, su hija y sus amigos le definían como “un hombre pacífico, tranquilo y amable, que no haría daño ni a una mosca”, la comisión médica que lo examinó cuando era policía en activo observó “aspectos psicopáticos” en su personalidad, pero inexplicablemente le encontró apto para servir en las fuerzas de seguridad.

Al “Maníaco de Angarsk”, como le puso la prensa rusa, le gustaba cocinar, esquiar en compañía de su mujer y su hija y hacer bricolaje en casa, según los testimonios ofrecidos a la investigación por los amigos que frecuentaban la casa de los Popkov.

A nadie le sorprendía, dada su fama de “manitas”, que llevara en todo momento en cada uno de sus cuatro coches una caja de herramientas repleta de instrumentos que en realidad usaba para cometer los asesinatos.

 

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Un padre y una madre fueron detenidos este lunes en California (EEUU) y afrontan cargos por tortura tras descubrirse que tenían secuestrados a sus 13 hijos en condiciones insalubres, informaron medios locales.

Los hijos, con edades de entre 2 y 29 años, fueron encontrados atados a las camas y con signos de malnutrición en la casa familiar, según un comunicado de las autoridades del condado de Riverside, en el sur de California.

Los padres, David Allen Turpin, de 57 años, y Louise Anna Turpin, de 49, acusados de tortura y de poner en riesgo a sus hijos, han sido trasladados al centro de detención Robert Presley, con una fianza de 9.000 millones para cada uno.

La Policía descubrió lo que estaba ocurriendo gracias a que una de las víctimas, una joven de 17 años, consiguió escapar del domicilio familiaren la ciudad de Perris y llamó a los agentes desde un teléfono que encontró en la casa.

Según el relato policial, la chica narró que sus 12 hermanos y hermanas estaban secuestrados por sus padres, algunos incluso con cadenas y candados. Entonces, los agentes contactaron a los padres, quienes “fueron incapaces de dar una razón lógica al hecho de que sus hijos estuvieran retenidos de esa manera”, explicaron los policías.

Los agentes se sorprendieron al ver que muchas de las víctimas aparentaban bastante menos edad de la que realmente tienen, probablemente debido a las pésimas condiciones en las que fueron retenidos por sus padres. Por eso pensaron que tenía cerca de diez años la denunciante, de 17, y que todos los hermanos eran menores, pero en realidad siete son adultos de entre 18 y 29 años.

El relato de los policías describe la vivienda familiar del secuestro colectivo como un lugar sucio, donde encontraron a “varios de los chicos atados a sus camas con cadenas y candados en un ambiente oscuro y maloliente”.

Tanto los seis menores como los siete adultos víctimas de este suceso, que según los agentes estaban sucios y parecían malnutridos, reciben tratamiento en hospitales de la zona. La mayoría de ellos dijeron estar hambrientos y enseguida se les proporcionó comida y bebida. Los servicios de protección social colaboran en la investigación.

Según información pública obtenida por medios locales, los padres, que sufrieron dos situaciones de bancarrota, vivían en esa dirección desde 2010 y anteriormente habían residido muchos años en Texas.