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Faltaba apenas un mes para que se cumplieran 33 años del asesinato de Ana Isabel Fernández, la niña de Huétor Santillán, un pueblo a veinte minutos de Granada, que fue secuestrada y apareció muerta en un pozo dos días después. Este viernes, con tres décadas de sufrimiento a la espalda, su padre, Juan José, acuchilló al culpable en plena calle, a la luz del día.

Lo dejó malherido, pero la Policía intervino rápido y salvó a Enrique Sánchez -entonces 21 años, ahora 50- de ser el punto final a la venganza de Juan José, carnicero de profesión de 70 años -entonces 37-.

Juan José, según ha relatado el Ideal, encontró a quien le arrebató a su hija en la calle Pedro Antonio Alarcón, Granada, y se abalanzó sobre él sin importarle las decenas de personas que paseaban alrededor. Sánchez fue rescatado tras un forcejeo. Sangraba a través de varias heridas en distintas extremidades, pero no se teme por su vida. Juan José ha sido puesto en libertad con cargos.

Enrique Sánchez se encuentra en libertad tras haber cumplido algo más de veinte años entre rejas. Fue condenado por la desaparición y muerte de la pequeña Anabel, de cuatro años, cuyo cadáver fue hallado entre el agua y el fango de un pozo de tres metros de fondo.

La Guardia Civil detuvo a Enrique, pero también a su hermano Anastasio, primos hermanos de la madre de la niña. Ambos colaboraron en la búsqueda de Anabel. Una estrategia similar a la empleada por Ana Julia Quezada en el caso Gabriel. Otro parecido: Enrique y Anastasio, según relató El País, tuvieron que ser llevados a la comandancia de Granada capital para evitar el linchamiento por parte de los habitantes de Huétor Santillán.

El final de la pequeña Ana Isabel Fernández lo reveló Enrique en declaraciones a la Guardia Civil. Se la llevó diciéndole que iba a comprarle golosinas. En la huerta donde estaba el pozo trató de violarla. Después de que se resistiera a eso y al ahogamiento, Enrique Sánchez la lanzó al pozo donde fue encontrada. Ana Isabel Fernández, según las crónicas de El País, murió “por ingreso de agua y barro en vías pulmonares”.

Según explica el Ideal, Enrique Sánchez fue condenado a 40 años de cárcel -28 por asesinato, 9 por violación y 3 por abusos- y a una multa de dos millones de pesetas que nunca pagó. Sánchez se encontraba, por tanto, en libertad tras haber cumplido su condena.

Al parecer, Enrique Sánchez no contó a la policía que su agresor era el padre de la niña que asesinó. Se limitó a mencionar un robo. No es la primera vez que Juan José intenta vengarse. El Ideal cita otra agresión en un bar con un fuerte golpe en la cabeza y un supuesto atropello.

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Javier García (alias el Cuco ) Serafín Cervilla, Francesc Xavier Jové, José Bretón, Faustino Pons, Rosario Porto y Alfonso Basterra (padres de Asunta)… y ahora Ana Julia Quezada. No se conocen, pero tienen mucho en común. Al igual que la madrastra de Gabriel Cruz, el Cuco, Cervilla, Jové, Bretón, Pons, Basterra y Porto –sólo son algunos ejemplos– pasaron de víctimas a culpables de un día para otro. Comparten el perfil del asesino de sangre fría. El de los delincuentes que en vez de huir o esconderse permanecen en el escenario del crimen y participan de forma activa en las investigaciones para esclarecer una muerte que ellos han causado. Eso les ayuda a reafirmarse en la creencia de que lo tienen todo controlado. Hasta el punto de sentirse invulnerables, afirma Juan Francisco Alcaraz, presidente de la Sociedad Española de Investigación dePerfiles Criminológicos (SEIPC).

El comportamiento de Quezada ha sido calcado al de otros asesinos que mataron sin moverse de su entorno más cercano. Criminales que antes de ser desenmascarados se esforzaron en presentarse como los más apenados por la tragedia, participaron activamente en las labores de búsqueda cuando la víctima estaba desaparecida, peregrinaron por los medios de comunicación para ganar protagonismo o encabezaron manifestaciones –cuando estaba localizado el cadáver– con el objetivo de exigir justicia y presión policial para atrapar a los culpables.

El Cuco participó activamente en la búsqueda de Marta del Castillo (2009) e incluso atendía a los medios de comunicación, antes de ser detenido por encubrir el asesinato de la joven de Sevilla, cuando se le pedía su opinión. Serafín Cervilla, vecino de Cervera, encabezó numerosas manifestaciones (1999) para exigir la detención del asesino de su esposa violada y estrangulada y cuyo cadáver apareció en las vías del tren. Lloraba desconsolado y clamaba justicia. Un teatro que acabó cuando los Mossos le detuvieron como autor de esa muerte.

Las sobreactuaciones y el descarado engaño de esos asesinos añaden siempre un grado de indignación. Pasó en los casos mencionados y ha vuelto a repetirse tras el arresto de Ana Julia, con un odio (esta vez mezclado con mensajes racistas y misóginos) pocas veces visto en las redes sociales. Cuesta digerir que esos criminales sean capaces de llegar tan lejos y alarguen, sin rastros de empatía, el sufrimiento de los familiares de esas víctimas. Hasta el punto de lanzar mensajes, como hizo Ana Julia, que animan a la esperanza de encontrar con vida al ser querido, cuando ellos han escrito ya el final de la historia.

“Son personalidades criminales a las que les gusta seguir el curso de hechos que ellos han causado. Quieren controlar todos los frentes de las pesquisas y en algunos casos participar en la búsqueda de personas que ellos han matado les puede generar un subidón de adrenalina. Mantenerse en primer plano reafirma entre esos asesinos la creencia de que son invulnerables. Hasta el extremo de pensar que son más listos que los investigadores”, añade Juan Francisco Alcaraz.

Faustino Pons asesinó (1994) de un tiro a su mujer en la bañera de su casa. Enterró el cadáver en una torre de las afueras de Lleida y empezó una peregrinación por medios de comunicación donde pedía ayuda para localizar a su esposa. Un apenado marido que llegó a contratar a un abogado para que le asesorara y dar más credibilidad a su versión. Cuando la Policía le desenmascaró se pegó un tiro ante los agentes, junto a la fosa en la que había enterrado a su mujer y que los investigadores habían empezado a excavar.

Francesc Xavier Jové llevó a hombros el féretro (1988) de un niño de Maials violado y asesinado. En las batidas para encontrar el cadáver del menor, Jové siempre se mantuvo en primera línea. Estaba destrozado por la pérdida de ese amigo. Todo era mentira. El asesino era él. Los padres de Asunta Basterra (2013), al igual que José Bretón (2011), interpretaron también a la perfección durante meses el papel de progenitores compungidos por la pérdida de sus hijos. Otro engaño. Los tres están condenados por los asesinatos de esos niños.

La desgracia para ese asesino de sangre fría y la suerte para los investigadores es que la sobreactuación acaba destapándoles. “Suelen significarse demasiado en su afán de protagonismo”, indica Alcaraz. Le pasó a Serafín Cervilla, a Faustino Pons, a José Bretón… y también a Ana Julia Quezada. En el caso de esta mujer las excesivas muestras de cariño fuera de tono hacia el padre de Gabriel, las ansias de protagonismo, sus cambios de estado de ánimo o el extraño incidente del hallazgo de la camiseta del niño hicieron saltar todas las alarmas.

Alcaraz apunta que en el episodio de Ana Julia y el resto de ejemplos se vislumbran componentes psicopáticos propios del asesino que hace gala de una habilidad especial para “la manipulación, el cariño exagerado sin venir a cuento, la frialdad emocional, la mentira y la total ausencia de sentimientos hacia las víctima”. Todo queda desenmascarado cuando se invierten los papeles y es el investigador el que manipula al criminal, en favor de la resolución del caso, con estrategias que provocan el error del sospechoso. Es lo que les pasó a estos fríos asesinos, que coinciden en otra cosa: la mayoría planificaron sus crímenes.

 

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Agentes de la Guardia civil han detenido en la localidad de Vícar (Almería), a unos 60 kilómetros de Las Hortichuelas, a la pareja del padre de Gabriel Cruz tras hallar en el maletero de su coche el cadáver del niño de 8 años desaparecido el pasado 27 de febrero en Níjar (Almería).

Según ha informado el Ministerio del Interior, Ana Julia Quezada Cruz, a la que la Guardia Civil interrogó el pasado miércoles, fue detenida cuando transportaba el cadáver del pequeño en el maletero de su coche desde un pozo en el que se encontraba hasta otro lugar donde pretendía esconderlo. Gabriel se encontraba envuelto en una manta y lleno de barro en el interior del coche. La detenida había acudido a por el cuerpo del pequeño tras haber acercado al padre del niño a otra zona de Almería.

Fue precisamente ella la que el fin de semana pasado halló cerca de una depuradora la camiseta blanca interior que llevaba el niño el día de su desaparición.

La detenida se encuentra en dependencias de la Comandancia de la Guardia Civil, según ha informado el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, que ha pedido que “no se divulguen ningún tipo de bulo” y “se deje trabajar a la Guardia Civil”. Fuentes de la investigación no descartan que haya más implicados.

Zoido, ha transmitido a la madre del pequeño, con quien ha hablado por teléfono, su sentimiento de profundo dolor y “el de todos los españoles” por el hallazgo. También el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha querido transmitir una muestra de cariño a la familia y su dolor por la muerte de Gabriel.

En estos días, las áreas de búsqueda en Las Hortichuelas y sus alrededores se habían rastreado no una sino varias veces al objeto de evitar pasar por alto el más mínimo indicio que pueda arrojar algo de luz sobre el misterio de la desaparición de Gabriel. Hoy mismo, profesionales y especialistas trabajaban en 400 puntos de interés como balsas y pozos para localizarlo.

Ana Julia era la principal sospechosa para los investigadores de la Guardia Civil. Los agentes no habían procedido a detenerla antes por si el niño se encontraba con vida, según han informado fuentes de la investigación. La detenida estaba transportando el cadáver por miedo a que fuera encontrado en el pozo en que se encontraba durante alguno de los innumerables rastreos organizados durante estos días.

Las sospechas se centraron en ella después de que fuera quien hallara la camiseta blanca que llevaba el niño puesta cuando desapareció. La camiseta fue encontrada entre unos matorrales, aproximadamente a unos cuatro kilómetros del lugar donde se perdió el rastro del pequeño. De hecho, Ana Julia resultó herida al caer por el terraplén donde se encontraba la prenda.

Fue ella la que llevó la camiseta hasta el puesto de mando avanzado de la Guardia Civil en Las Negras. Cuando la encontró Ana Julia se encontraba paseando con el padre del pequeño.

El hallazgo de la prenda centró la búsqueda en una depuradora cercana en donde no se halló rastro del niño. Las circunstancias del hallazgo de la camiseta, una vez concluida la búsqueda con resultado negativo en el entorno de la depuradora, incomodaban a los investigadores, ya que, aunque no lo llegaron a confirmar, al parecer se encontraba seca en una zona donde los días anteriores se habían producido fuertes precipitaciones.

El pequeño, de ocho años de edad, salió de casa de su padre el día 27 de febrero a las 15.00 horas para ir a casa de un vecino. El trayecto entre ambas viviendas apenas llega a los 100 metros, pero nunca llegó.

La familia dio la voz de alarma en torno a las 20 horas, al confirmar que el niño no estaba en casa de los vecinos y que nadie sabía dónde estaba. Fue entonces cuando se activó un operativo de búsqueda que sumaba más de 400 efectivos.

Unas cinco horas después la Guardia Civil activó un dispositivo de búsqueda al que se sumaron unidades especializadas, entre ellas la Unidad Central Operativa (UCO) del Instituto Armado. El miércoles 28 de febrero interrogaron al hombre que llevaba dos años acosando a la madre del niño.

Este hombre permaneció casi 72 horas detenido y el juez lo envió a prisión por saltarse la orden de alejamiento. El propio Ministerio del Interior explicó que había “manipulado” la pulsera telemática que controlaba que no se acercara a Patricia. La madre de Gabriel, no obstante, siempre dijo que esta persona no tenía nada que ver con la desaparición de su hijo.

La Diputación de Almería ha decretado tres días de luto oficial por la muerte del pequeño Gabriel y ha convocado un pleno extraordinario para trasladar de forma oficial el pésame a la familia.

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El cadáver de la gijonesa Paz Fernández Borrego, de 43 años,desaparecida el pasado 13 de febrero en Navia (Asturias), ha sido hallado este martes en el embalse de Arbón, a unos 12 kilómetros de Navia, según han informado fuentes de la Guardia Civil. Un vecino alertó a los agentes, pero el cuerpo no pudo ser recuperado inmediatamente. Fernández, que había ido a pasar unos días a Navia, es una de la tres mujeres desaparecidas en Asturias que la Guardia Civil busca desde hace semanas.

El cuerpo de María Paz Fernández Borrego ha sido identificado por el cabello, la ropa y el tatuaje que tenía grabado en un hombro. La investigación se centrará ahora en clarificar las causas de la muerte.

El cadáver fue hallado por un vecino de Luarca que estaba practicando piragüismo en la zona y lo vio flotar en la superficie sobre las 15.30, en una zona de difícil acceso en una orilla del embalse, ubicado en el cauce del río Navia, en las proximidades de un cámping. El Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil pudo rescatar el cuerpo horas a las 19.30, tras lo cual fue trasladado al Hospital Universitario Central de Asturias, en Oviedo, para su estudio radiográfico y posteriormente al instituto anatómico forense de para la realización de la correspondiente autopsia.

El teléfono móvil de la mujer dio señal por última vez en la localidad de Busmargalí, a ocho kilómetros del centro de Navia, en donde había reservado un hostal para pasar esa noche, y a 14 kilómetros de las inmediaciones del Hospital de Jarrio, en donde fue hallado su vehículo.

La Guardia Civil y la Policía Nacional también trabajan en la búsqueda otras dos mujeres desaparecidas en Asturias en las últimas semanas en Gijón y Avilés, aunque ambos cuerpos descartan que las desapariciones estén relacionadas.

Lorena Torre, de 40 años, desapareció el pasado jueves por la noche en Gijón y su coche apareció aparcado en las proximidades de la playa de El Rinconín. Según la Policía Nacional, vestía un plumífero verde, pantalón vaquero y botas.

Un día después se produjo en Avilés la desaparición de Concepción Barbeira, que mide 1,60 y es de complexión delgada. La mujer salió de su casa en San Adriano (Castrillón) para dirigirse a su trabajo en el hospital San Agustín de Avilés y no llegó a incorporarse. Su vehículo fue localizado en la localidad de Santa María del Mar, en Castrillón, horas después de que se denunciase la desaparición. El coche tenía las puertas abiertas y el bolso en su interior. SOS Desaparecidos ha convocado el próximo fin de semana, el 9, 10 y 11 de marzo, en la playa de Santa María del Mar, una batida popular para buscar a Barbeira al lado del hotel San Román.

La Guardia Civil ha desmentido a través de sus redes sociales los “bulos” difundidos durante los últimos días sobre la presencia de grupos de delincuentes que se hacen pasar por policías para conseguir que las mujeres salgan  de sus vehículos y, después, secuestrarlas. Piden prudencia y que no se compartan engaños a través de las redes sociales o en grupos de whatsapp.

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En las últimas semanas, Jordi Magentí Gamell, de 60 años, vació todas sus cuentas corrientes y realizó varias transferencias con todo su dinero a Colombia, país de su actual mujer y al que pensaba huir esta misma semana.

Ya había comprado el billete de avión. Los Mossos d’Esquadra no tienen ninguna duda de que este vecino de Anglès, con antecedentes por haber asesinado a su primera esposa en 1997, fue el hombre que el pasado 24 de agosto mató a balazos a Paula Mas Pruna y Marc Hernández López, de 21 y 23 años, en el pantano de Susqueda. Pero ¿por qué? Esa misma pregunta, que hace meses bombardea la cabeza de los allegados a la pareja del Maresme y de las personas que han seguido con detalle este misterioso crimen, sigue sin respuesta. Como recordaba estos días un veterano investigador, “no siempre hay un móvil evidente”. Y seguramente esta vez esa ausencia de relato sobre lo que pasó en aquel paraje complicó una investigación difícil en la que la policía catalana se ha volcado desde el primer minuto. Queda todavía mucho por hacer. Para empezar, esperar el resultado de los diferentes registros que durante horas se realizaron en el día de ayer en las distintas casas en las que paraba el sospechoso para tratar de dar con esa prueba concluyente que acabe de armar una acusación de la que los policías no albergan la menor duda.

Y no dudan porque durante estos meses, la policía ha ido reconstruyendo los pasos de todas las personas que aquel 24 de agosto estaban en el pantano. Todas fueron sospechosas, hasta que los investigadores demostraron a la juez que sólo pudo ser él.

Los investigadores de la unidad central de personas desaparecidas arrancaron con las imágenes de un vehículo blanco accediendo al pantano el día del crimen. No sólo eso. Ese mismo todoterreno realizó después algunos viajes poco lógicos. Las cámaras del pantano apenas tienen definición y no les ofrecían la matrícula. Sabían que era un modelo concreto de cuatro por cuatro, blanco. Se pusieron a trabajar para identificarlo, buscando entre los vecinos de la zona. Mientras tanto, se mantuvieron abiertas todas las hipótesis vinculadas con las personas que ese 24 de agosto también estaban en el pantano de Susqueda.

Los belgas fueron clave en la investigación. Olivier Max, un hombre que compró en junio las ruinas del Mas Llomar, declaró en su momento haber escuchado los disparos. Su declaración fue esencial porque ayudó a los investigadores a situar el escenario del crimen, un tramo del pantano al que se accede a través del barranco de la fuente de cal Borni. Tanto Olivier como otro compañero belga que decidió marcharse con su mujer de la zona tras las muertes no estuvieron descartados hasta el último tramo de la ­investigación.

La aparición de los cadáveres, casi un mes después del crimen, reveló que la pareja había sido prácticamente ejecutada. Ella, de un tiro en la sien, y él, de un disparo en el pecho. Los cuerpos apenas revelaron datos concluyentes en la mesa del forense, tras tantos días bajo el agua. Pero sí se pudo determinar que el arma usada disparó balas del calibre nueve milímetros o inferior.

Cuando la policía logró identificar el vehículo del sospechoso, un Land Rover Defender, tomaron declaración a Jordi Magentí. Ya les había llamado la atención en su momento por sus antecedentes por asesinato. Aunque es cierto que aquella condena la cumplió por un crimen de violencia de género, que se alejaba del crimen de Marc y Paula. Sin embargo, el sospechoso mintió en ese interrogatorio. El hombre se mantuvo frío e imperturbable. Aseguró que él no había estado en el pantano ese día y dio una coartada debilitada por la presencia de su vehículo. Los agentes decidieron en ese momento no compartir que su coche había sido grabado en el pantano. Desde ese momento, los investigadores se convirtieron en la sombra de su ya principal sospechoso. Pero no era fácil. Los mossos de seguimientos tenían que vigilar de cerca los movimientos de un hombre acostumbrado a embozarse en el interior del bosque y desaparecer en su interior durante días. Tampoco era sencillo seguir un coche en carreteras apenas transitadas. Además, su comportamiento, con antecedentes por trastorno mental que en su momento le sirvieron como atenuante en la condena por asesinar a su primera mujer, le convertía en un hombre de reacciones incontrolables. Por tanto, el seguimiento se realizó con la cautela suficiente para que él no sospechara.

De hecho, el hombre estaba relativamente tranquilo. Seguía con detenimiento todas las informaciones que se publicaban sobre la investigación de los crímenes del pantano y estaba convencido de que los Mossos estaban “perdidos y sin pistas”, según contó el ahora detenido en su entorno.

Los investigadores, de acuerdo con el juez de Santa Coloma de Farners que ha dirigido la investigación, decidieron detenerlo ayer ante la proximidad de su viaje a Colombia. Tenían ubicado su coche y además hay declaraciones de varios testigos que también lo situaron en el lugar de los hechos, sin ninguna duda. Pero no hay, como en otras investigaciones por homicidio, el posicionamiento de un teléfono móvil en el escenario del crimen. Una prueba que, como ya se ha visto en multitud de casos anteriores, ayuda a la acusación. Pocas veces, en una investigación compleja y de resolución tan reciente, sin pasar siquiera el sospechoso a disposición judicial, un responsable policial comparte con tanta contundencia la creencia de que el detenido es el autor de unos hechos tan graves. Y eso precisamente hizo ayer el intendente Toni Rodríguez, responsable de la División de Investigación Criminal de los Mossos. “No albergamos ninguna duda de que fue él”. La policía sostiene que sólo pudo ser él. Y eso han hecho durante estos meses, descartar cualquier otra opción hasta llegar al único sospechoso posible de la autoría. Reúne además todos los requisitos del perfil de asesino que buscaban los Mossos: conoce como nadie el pantano y ya demostró en su momento su capacidad para matar a sangre fría.

Durante el día de ayer, el sospechoso participó en los diferentes registros, sin inmutarse. Y aunque no formaba parte de una declaración oficial, sí trasladó en varias ocasiones a los Mossos que se estaban equivocando y que, como ya les dijo la vez anterior, él no estuvo en el pantano. Los investigadores no tienen prisa en tomarle declaración. Apurarán hasta el último momento antes de pasarlo a disposición judicial. Es muy difícil que confiese, ­pero la policía juega con la carta del hijo del sospechoso, detenido horas después acusado de tráfico de marihuana, aunque los investigadores tratarán de comprobar si desmonta la coartada del padre del día acerca del crimen y si sabía algo más de lo que dice.

En estas últimas semanas los investigadores han logrado reconstruir lo que pasó en el pantano ese 24 de agosto. Marc y Paula iban a pasar un par de días en Susqueda, no conocían el pantano y detuvieron su vehículo en el primer punto marcado del camino, la fuente del Borni. Sacaron el kayak del Opel Zafira del padre de Paula en el que viajaban y descendieron por el barranco hasta el agua.

Jordi Magentí o ya estaba allí o llegó después. Los investigadores conocen el detalle, pero forma parte de las muchas cosas que tardarán en trascender de la investigación. Algo ocurrió. Pero fue rápido y debió de ser poco trascendente. Lo cierto es que los jóvenes fueron tiroteados cuando casi acababan de llegar. El sospechoso se deshizo de los cadáveres allí mismo. Lastró a Marc con una piedra en su mochila, y seguramente también a Paula, pero las aguas del pantano la devolvieron sin lastre. Rajó la embarcación y trató de hundirla con piedras. Después se subió al coche de sus víctimas y condujo por un camino impracticable, durante casi tres horas, hasta llegar al único punto del pantano en el que un coche puede circular hasta el agua. Regresó a pie, por el bosque que conoce muy bien, recuperó su coche y volvió a casa.

Después regresó más veces los días posteriores al pantano a acabar de limpiar el lugar del crimen. De hecho, llegó a coincidir con los equipos de protección civil y de bomberos que junto a los amigos y los familiares buscaron desesperadamente a la pareja.

Desde que quedó en libertad tras cumplir una condena de 12 años por asesinar a su primera mujer, el hombre pasaba días enteros en el pantano. Y pocos se atrevían a preguntarle por aquellos hechos. Ocurrió el 4 de diciembre del 1997. Jordi Magentí esperó a que su exmujer, de la que se había separado hacía ocho meses, emprendiera el camino de vuelta a casa. Aguardó escondido en su coche aparcado entre dos vehículos de grandes dimensiones para pasar desapercibido y cuando la vio le descerrajó tres disparos con una escopeta de caza. Con la mujer en el suelo, cargó el arma y descargó un último proyectil en el corazón. Fue condenado a 15 años, una pena atenuada al considerar que padecía un trastorno ansioso depresivo. Después de salir de prisión rehízo su vida con una mujer colombiana con la que contrajo matrimonio y que hacía poco había viajado a su país, donde debía reunirse con su marido en los próximos días.

El pasado sábado se cumplieron seis meses de la misteriosa desaparición de Marc y Paula. Ningún policía tira nunca la toalla en una investigación por asesinato, pero es cierto que hubieron momentos en los que el crimen de Susqueda metió a los investigadores en un callejón sin salida. Ni una sola semana dejaron de subir al pantano.

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La detención, revelada por los Mossos en sus redes sociales, se ha producido este mismo lunes en una vivienda de Santa Coloma de Farners. Se trata de Jordi M. G, un vecino de la localidad y sobre quien la policía hacía tiempo que había volcado todas las sospechas, según fuentes de la investigación.

Ya fue condenado por el asesinato de su mujer de dos disparos de escopeta en 1997. Su coche fue visto en la zona de Susqueda y era habitual que acudiera a pescar a la zona. Aunque fue interrogado por los Mossos, negó toda relación con el caso.

Paula Mas y Marc Hernández, una pareja de veinteañeros, fueron vistos por última vez el 24 de agosto, cuando se dirigían de excursión al pantano para practicar kayak. Una cámara de seguridad de una entidad bancaria recogió su imagen, que fue posteriormente utilizada por los Mossos para pedir ayuda de la ciudadanía.

Desde el principio los investigadores de homicidios consideraron la posibilidad de que los dos jóvenes hubieran sido asesinados. Una tesis que se confirmó aproximadamente un mes después cuando buzos de los Mossos localizaron los cadáveres de ambos jóvenes. Los dos con signos evidentes de violencia y cuyos cadáveres habían sido cargados con piedras para que no flotaran.

El hallazgo del coche, a finales de agosto, ya hizo sospechar que el responsable de los homicidios fuer aun gran conocedor de la zona. El lugar de acceso era complicado y sólo conocido por los habituales de la zona.

 

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A Ágata Christie la biología computacional, seguramente, le hubiera jugado una mala pasada. Y es que a su archifamoso detective Poirot le hubiera bastado un análisis genético para esclarecer buena parte de los casos inventados por la escritora inglesa. Un par de páginas a lo sumo y novela resuelta.

Determinar la hora de la muerte de una persona es clave para resolver un crimen. Puede inculpar a un sospechoso o, por el contrario, dar por válida una coartada y liberar a otro. El problema es que, hoy por hoy, “no existe ninguna técnica que permita determinar el momento exacto de la muerte con fiabilidad. Solo podemos dar intervalos de tiempo, de como poco cuatro horas”, explica a Big Vang Josep Castellà, al frente del servicio de patología forense del Institut de Medicina Legal i Ciències Forenses de Catalunya (IMLCFC).

En ese sentido, los cambios que se producen en los genes, a causa de la muerte, podrían ayudar a determinar con mayor precisión cuándo ha fallecido un individuo, según ha descubierto un equipo internacional de científicos, liderados por el investigador Roderic Guigó, coordinador del programa de bioinformática y genómica del Centre de Regulació Genòmica (CRG) de Barcelona.

“Podría ser una herramienta más del análisis forense -señala Guigó-. Por ejemplo, tras morir una persona, se podrían analizar rápidamente algunos tejidos como pulmón o piel para determinar el intervalo post mortem”.

Los investigadores han estudiado más de 7000 muestras de 36 tejidos distintos que pertenecieron a 540 individuos que habían muerto durante las 24 hora previas. Esas muestras forman parte de la base de datos de un ambicioso proyecto internacional llamado GTEx, que tiene por objetivo entender mejor o qué las distintas células del organismo, a pesar de compartir el mismo ADN o ‘libro de instrucciones’ realizan funciones distintas; o por qué pequeñas variaciones entre personas de esas instrucciones puede modificar el comportamiento de las células, entre otros.

A pesar de lo rápido y fácil que se ve el proceso en las series, determinar la hora en que ha fallecido una persona es algo más complicado. Tal como explica Josep Castellà, al frente del servicio de patología forense del Institut de Medicina Legal i Ciències Forenses de Catalunya (IMLCFC), los forenses se basan en una combinación de observaciones y pruebas.

Para empezar, el enfriamiento del cadáver. La temperatura del cuerpo de personas vivas está entre 36 y 37ºC, sea cual sea la temperatura ambiental. Eso es gracias a las reacciones metabólicas del organismo que nos permiten generar energía y calor. Al morir, la temperatura corporal desciende hasta igualarse con la ambiental, pero no es un proceso lineal. “Durante las primeras 24 horas, podemos a partir de la temperatura ambiental, la del cadáver y el peso inferir cuándo ha muerto a persona con un intervalo de cuatro horas”, dice Castellà.

El segundo factor que se tiene en cuenta es la lividez cadavérica. Cuando deja el corazón de latir, los 6 o 7 litros de sangre del organismo por efecto de la gravedad se concentran, por ejemplo si la persona está tumbada, en la parte trasera del cuerpo. La piel adquiere una tonalidad rojiza en esas zonas.

En tercer lugar, los forenses analizan el rigor mortis. Dos o tres horas después de que una persona fallezca, la musculatura del organismo se empieza a contraer. “Podemos estudiar la evolución de la rigidez del cuerpo para calcular la hora de la muerte”, señala Castellà.

Por útimo, también analizan la cantidad de potasio que hay dentro del humor vítreo, un líquido dentro del globo ocular. “Cuando pasan más de 24 horas desde la muerte del individuo, se hace más difícil establecer la hora de fallecimiento. Y si el cadáver ya se ha empezado a pudrir, el grado de error es mayor. Por eso los forenses debemos ser muy prudentes y cautos, porque en casos de asesinato, por ejemplo, calcular más el intervalo de tiempo en el que puede haberse producido la muerte puede suponer dejar en libertad a un sospechoso muy sospechoso”, dice Castellà.

“Todas las células del organismo comparten el mismo genoma, que es el conjunto idéntico de genes. Ese genoma es siempre igual y estable en el tiempo, por eso podemos reconstruir, por ejemplo, el genoma de un neandertal”, explica Guigó.

Sin embargo, las células de cada tejido son distintas, porque las instrucciones codificadas en su ADN se interpretan de diferente manera. “Los 20000 genes que forman el genoma no funcionan igual en todos los tejidos. Algunos genes funcionan solo en el hígado, otros solo en la piel, y muchos están expresados con diferente intensidad; hay que pensar en los genes no como en una bombilla que se apaga o se enciende sino como una que puede regular la intensidad de luz que emite”, remacha Guigó.

En el estudio, que recoge esta semana Nature Communications, los científicos vieron cómo “ a medida que se transcurre tiempo desde la muerte, se producen cambios en la expresión de los genes de forma consistente en cada tejido, con un patrón característico que nos permite estimar luego la cantidad de tiempo que una persona lleva muerta”, afirma Guigó. a mayoría de los cambios en la actividad de los genes se producía entre siete y 14 horas después de la muerte.

A continuación, diseñaron un modelo para predecir el intervalo post mortem basado en esos cambios en la expresión de cada tejido. Para ello, se basaron en un tipo de inteligencia artificial, llamado machine learning: enseñaron a un algoritmo los patrones de cambio de los genes de 399 personas y luego lo aplicaron, con éxito, para predecir la hora de la muerte de otras 129 personas.

“Hemos hecho un programa o modelo que usa la información de todos los genes en todos los tejidos de que disponemos para predecir la hora de la muerte de la persona. Aunque se necesita más investigación, porque hay que ver si esos patrones varían en función de la edad de la persona, el sexo, la temperatura del entorno en que estaba u otras variables, podría ser una técnica adicional complementaria a las que ya usan los forenses”, considera Guigó

Para Castellà, “podría ser una herramienta potencial”, pero antes, señala, “debería haber estudios que analicen qué pasa con las variaciones entre persona. Se tiene que ver si esas modificaciones genéticas que han visto los investigadores se dan en todo el mundo siguiendo el mismo patrón de tiempo, porque aunque los cadáveres tienen una evolución similar todos, es ligeramente distinta de uno a otro ”.

También, especifica este experto en medicina forense, que habría que definir muy bien qué se entiende por muerte. “Cuando el corazón deja de latir, hay algunas partes del organismo que siguen vivas parcialmente. Por ejemplo, el bíceps. La dificultad de diagnosticar la hora de la muerte es que hay que tener en cuenta al individuo como un todo. Podría dar lugar a errores determinar la muerte a partir de un tejido concreto y no de todo el organismo”.

Eso sí, puntualiza, “de confirmarse su potencial como herramienta diagnóstica, podría ser muy útil cuando no disponemos de un cuerpo entero, sino solo de partes o de tejidos. Por ejemplo, alguna vez nos llegan personas descuartizadas en maletas, y en esos casos saber la hora de la muerte es muy complicado. Ha pasado tiempo desde que las han asesinado, han perdido la sangre e incluso a veces han comenzado fenómenos de putrefacción. En estos casos, el análisis de los cambios de los genes podría ser útil”.