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Charles Manson, uno de los criminales más famosos del siglo XX, falleció este domingo a los 83 años en un hospital de California.

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Manson estremeció a EE.UU. en agosto de 1969 con una sangrienta espiral de violencia en la que él y los seguidores de su secta satánica, conocidos como “la familia Manson”, asesinaron a siete personas para provocar una guerra racial. Entre los asesinados figuraba la actriz Sharon Tate, que estaba a punto de dar a luz a su primer hijo, fruto de su relación con el director Roman Polanski. La mayoría de sus víctimas estaban relacionadas con el mundo del cine.

El asesino murió en un hospital de la localidad de Bakersfield, explicó a NBC News la hermana de la propia Tate tras recibir una llamada telefónica de las autoridades penitenciarias a las 8:30 hora local, la prisión donde permanecía encerrado Manson. Manson murió por causas naturales el domingo por la tarde en hospital del condado de Kern, dijo el Departamento de Corrección y Rehabilitación de California en un comunicado. No dio más detalles de las circunstancias que rodearon su muerte.

En un primer momento Charles Manson y otros cuatro seguidores suyos fueron condenados a muerte en la cámara gas, en 1971, pero un año después la sentencia se redujo a cadena perpetua después de que el Tribunal Supremo del estado californiano abolió la pena capital.

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La revista The Rolling Stone llegó a definirle en 1970 como “el hombre más peligroso vivo” y estaba internado en la cárcel estatal de California, en Corcoran. Tras siete años en prisión fue declarado elegible para obtener la libertad condicional, pero le fue repetidamente denegada después de que autoridades concluyeran que era un preso aún muy peligroso.

Mucho después de que Manson desapareciera de los titulares, su figura había crecido como símbolo del terror que desató en el verano de 1969. “El mismo nombre de Manson se ha convertido en una metáfora del mal”, dijo el fallecido Vincent Bugliosi, que enjuició a Manson, a Los Angeles Times en 1994.

El jueves pasado se supo el asesino estaba interno en un hospital de Bakersfield y ya había sido hospitalizado en enero. En aquella ocasión sufrió una hemorragia gastrointestinal que requería de cirugía, pero los médicos no quisieron someterle a una operación porque temían que no sobreviviría.

Los crímenes de Manson conmocionaron a la sociedad estadounidense y marcaron simbólicamente un punto y aparte en la contracultura de los años 60 y el movimiento hippie. Los asesinos utilizaron la sangre de sus víctimas para escribir mensajes en las paredes, mientras seguían las instrucciones que creían escuchar en la canción ‘Helter Skelter’, obra de The Beatles.

Manson sumaba centenares de sanciones por mal comportamiento en la cárcel, donde también se grabó en el entrecejo un tatuaje en forma de una cruz gamada. En los últimos 20 años, Manson siempre se negó a comparecer en sus vistas para la libertad condicional y en una entrevista concedida a Vanity Fair en 2011 se describió como un hombre “mezquino, sucio, forajido y malo” y aseguró que fue condenado por “ser la voluntad de Dios”.

Leslie Van Houten, la miembro más joven de ese clan, explicó en su momento que Manson les había “lavado el cerebro” con sexo, LSD, lecturas constantes de pasajes de la Biblia, repetidas escuchas del disco White Album, de The Beatles, y otros textos sobre su deseo de lanzar una revolución.

En julio pasado se dio a conocer que la próxima película de Quentin Tarantino girará en torno a la figura de Manson y a los asesinatos de sus fanáticos seguidores en California. Será producida por Sony Pictures. después de que haya acabado su relación con Miramax -la compañía de Harvey Weinstein- por los escándalos de abusos sexuales que explotaron recientemente y han removido a todo Hollywood con confesiones de varias actrices en las que relatan los abusos que han sufrido en la industria.

 

 

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Las autoridades alemanas creen que el enfermero Niels Högel les dio sistemáticamente drogas a sus pacientes, que les causaron sobredosis fatales.

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Pruebas toxicológicas presentadas por la fiscalía alemana el jueves sugieren que Högel mató a al menos 100 pacientes en dos hospitales donde trabajó.

En agosto, los investigadores del caso contaban con evidencias de que Högel había acabado con la vida de al menos 84 pacientes. Este jueves añadieron 16 muertes adicionales.

Los investigadores creen que Högel, quien ya cumple cadena perpetua por dos homicidios, les dio dosis letales de fármacos para el corazón a los pacientes que cuidaba.

En el juicio de 2015, cuando lo sentenciaron a prisión de por vida, el hombre, que ahora tiene 41 años, admitió que a veces actuaba “por aburrimiento”.

Dijo también que se sentía eufórico cuando lograba resucitar a un paciente y devastado cuando no lo conseguía, según lo citó la agencia AFP.

La fiscalía informó el jueves que presentará nuevos cargos contra él a principios del año entrante.

Högel es señalado de haber matado entre 1999 y 2005 a 38 pacientes en una clínica de la ciudad de Oldenburg y a 62 más en Delmenhorst, ambos centros en el norte del país.

Quienes investigan el caso dijeron que Högel pudo ser responsable de más muertes, pero las potenciales víctimas fueron cremadas.

De ser hallado culpable de todos los homicidios, se convertiría en uno de los asesinos en serie más prolíficos de la Alemania de la posguerra, señaló la corresponsal de la BBC en Berlín, Jenny Hill.

La indagatoria sobre el caso se amplió cuando el enfermero admitió haber matado a unas 30 personas durante el juicio de 2015, cuando lo sentenciaron por dos homicidios, dos intentos de homicidio y daño a pacientes.

El equipo toxicológico exhumó los cadáveres de 130 pacientes para buscar restos del fármaco que pudo haber colapsado sus sistemas cardiovasculares.

También examinaron los registros en los hospitales donde Högel trabajó.

Los archivos de la clínica de Oldenburg mostraron que las tasas de muertes y resucitaciones habían aumentado cuando Högel estaba de guardia, reportó la revista alemana Der Spiegel.

Aún así, el cuidador recibió una buena referencia y se fue a trabajar a un hospital en la ciudad cercana de Delmenhorst, donde un número inusual de pacientes murió mientras él estaba de turno.

Hasta que uno de sus colegas notó que un paciente previamente estable había desarrollado palpitaciones irregulares.

Högel estaba en la habitación cuando hubo que resucitar al paciente y el otro enfermero que estaba ahí encontró cajas de medicinas vacías en el basurero, señaló Der Spiegel.

Durante el juicio de 2015, Högel dijo que “realmente lo sentía” y que esperaba que las familias encontraran paz.

Dijo que su determinación a llevar a cabo estos crímenes había sido “relativamente espontánea”.

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El ‘asesino de la catana’ tiene hoy 34 años, vive en Santander y es bróker en la Bolsa. Ha rehecho su vida, está casado y es padre de una hija. Pero en abril del año 2000, José Rabadán conmocionó a todo el país cuando mató a espadazos a su padre, a su madre y a su hermana mientras ellos dormían.

Después de cumplir una condena de 12 años, que se vio reducida en virtud de la Ley del Menor -aprobada nueve meses después del triple crimen-, dará la cara por primera vez en televisión. Lo hará en ‘Yo fui un asesino’, un documental de género ‘true crime’ (en el que los protagonistas reales narran directamente los hechos a cámara), de la mano del canal en abierto DMAX, que emite hoy la segunda promo del programa, aunque se estrenará a finales de mes.

«Me llamo José Rabadán Pardo. Maté a mis padres y a mi hermana cuando tenía 16 años. He sido juzgado, condenado y rehabilitado. De las dos primeras hay constancia, pero de la tercera… ¿quién sabe?». Así, sin tapujos, habla Rabadán en el documental. A su alegato se suman los testimonios de familiares, amigos y vecinos de la familia; policías y periodistas que investigaron y siguieron el caso; psiquiatras que le trataron; sus abogados; los pastores de la iglesia evangelista de Santander, ciudad en la que reside, a la que se unió José al salir del centro de menores; y el Defensor del Menor y coautor de la Ley del Menor de 2001, Javier Urra.

Tras confesar su autoría y una breve estancia en prisión, José Rabadán fue condenado por un juez a pasar seis años en un centro de menores y otros dos en régimen de libertad vigilada. Una sentencia que estuvo rodeada de polémica al dictarse en un juicio de treinta minutos de duración en el que fue clave un único informe psiquiátrico, que le diagnosticaba psicosis epiléptica idiopática, lo que sirvió como atenuante de la pena.

«Levantarme por la mañana, despertar a mi hija junto con mi mujer, desayunar juntos… Llevo una vida normal», afirma Rabadán, que en los adelantos del programa tan solo muestra la mitad de su rostro. Sin embargo, los espectadores podrán verle a cara descubierta narrar su día a día junto a su familia, casi dos décadas después del brutal acto que cometió.

«’Yo fui un asesino’ no trata de cuestionar la Justicia española ni la labor de sus profesionales, sino que busca exponer los hechos objetivamente, aportando información desconocida y dando voz a personas que se cruzaron en el camino del asesino y que no han hablado hasta ahora, para ofrecer al espectador un relato riguroso y objetivo de los hechos que conmocionaron al país el 1 de abril del año 2000», explican desde la cadena, donde ya se sitúan a la defensiva por la polémica que puede generar la emisión del documental.

Sin embargo, este tipo de formatos televisivos no es nuevo en nuestro país. A raíz del caso de Steven Avery, el ciudadano estadounidense que pasó 18 años en prisión por un crimen que no había cometido, llevado a la pequeña pantalla con gran éxito por Netflix en ‘Making a murderer’, el género ‘true crime’ desembarcó en nuestro país con ‘El caso Asunta’, emitido en Antena 3 en mayo del año pasado. O ‘Muerte en León’ (Movistar +), que narra el asesinato a sangre fría de Isabel Carrasco, la presidenta de la Diputación de León, abatida a tiros en plena calle en 2014.

 

TIROTEO EN TEXAS

Publicado: 7 noviembre, 2017 en ESTÁ PASANDO, FUERA DE ESPAÑA

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El autor del masivo tiroteo en una iglesia baptista de Sutherland Springs (Texas, EE.UU.) este domingo, en el que murieron 26 personas y veinte resultaron heridas, recibió dos disparos de un vecino cuando huía y después de suicidó de un tiro en la cabeza.

FOTOGRAFÍA: Efe/ Larry W. Smith

Cruces en un campo en homenaje a las 26 personas asesinadas por Devin Patrick Kelley en Texas.

Devin Kelley recibió impactos de bala en la pierna y en el torso disparados por un vecino convertido en héroe que se enfrentó con él después de escuchar los tiros desde su casa, según explicó hoy en una rueda de prensa frente al templo Freeman Martin, del Departamento de Seguridad Pública (DPS, en sus siglas en inglés) de Texas.

A pesar de que en primera instancia las autoridades dudaron de si el asesino se suicidó o murió a causa de los disparos del vecino, identificado como Stephen Willeford, la autopsia reveló hoy que el tiro que él mismo se descerrajó en la cabeza fue mortal.

El asesino, que tenía antecedentes por maltrato doméstico y maltrato animal, se suicidó tras escapar de la zona del tiroteo y ser perseguido por carretera durante varios minutos por Willeford y otro vecino -Johnnie Langendorff- que estaba cerca de la iglesia y vio el altercado.

Freeman desveló también que los investigadores han recogido de la escena del crimen centenares de balas y quince cartuchos con rondas de treinta proyectiles cada una, lo que corrobora la violencia del peor tiroteo en la historia de Texas.

Kelley perpetró esta masacre vestido con un chaleco antibalas y armado con un potente rifle semiautomático Ruger AR en el templo First Baptist Church de Sutherland Springs, un pueblo situado 45 kilómetros al sureste de San Antonio (Texas).

Según las investigaciones policiales, el asesino mató a dos personas fuera de la parroquia y a 23 dentro del recinto, y un niño murió víctima de las heridas en un centro médico local poco después del ataque.

Las edades de las víctimas mortales oscilan entre los 18 meses y los 77 años de edad, un indicativo más de que el asaltante trató de hacer el mayor daño posible sin tener piedad de ninguno de los asistentes a la misa que en esos momentos se oficiaba en el templo.

Si se tiene en cuenta lo relatado por los testigos, pocas fueron las personas que salieron indemnes del ataque, ya que, como cada domingo, en el interior del templo, blanco con tejado marrón, había poco más de medio centenar de fieles siguiendo el oficio religioso cuando sucedió el tiroteo, sobre las 11.30 hora local (17.30 GMT).

De las veinte personas heridas, diez permanecen en estado crítico un día después de la masacre y cuatro están graves.

Compuesta básicamente por una oficina de correos, un centro comunitario, una tienda de abastos, un taller de reparación de coches, dos gasolineras, las casas de los 400 vecinos y un par de iglesias, entre ellas la de la matanza, Sutherland Springs era hasta este domingo una tranquila comunidad en la que apenas pasaba nada.

TERROR EN BERLÍN

Publicado: 20 diciembre, 2016 en FUERA DE ESPAÑA

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Las sirenas de ambulancias que se escuchaban la noche del lunes en pleno corazón del Berlín occidental confirmaban que el terror ha vuelto a Europa. Un camión irrumpió en un mercado navideño y dejó al menos 12 muertos y 48 heridos, algunos graves, en lo que parece ser un ataque terrorista.

Lo ocurrido resulta calcado del golpe brutal que sufrió la ciudad francesa de Niza de julio. Hacía tiempo que los servicios de inteligencia temían que los mercadillos navideños fueran objetivo yihadista. Pese a que las autoridades alemanas insistían en no sacar conclusiones apresuradas, el ministro del Interior, Thomas de Maizière, recalcó a medianoche que “muchos indicios” apuntan a un atentado y la policía ya habla de “presunto ataque terrorista”. Anoche, detuvieron a un sospechoso de ser el conductor. El copiloto, de nacionalidad polaca, fue hallado muerto en la cabina.

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Los alemanes saben que ha llegado la Navidad cuando empiezan a sucederse los mercadillos iluminados donde se comen salchichas y se bebe glühwein (vino dulce caliente). Hacía tiempo que flotaba en el aire la posibilidad de que una de las señales de identidad de la cultura y tradición del país sufriese un ataque. La preocupación creció después de la detención conocida la semana pasada de un niño de 12 años alemán-iraquí fuertemente radicalizado que había tratado de poner una bomba en uno de estos mercados en Ludwigshafen, al suroeste del país. Distintos datos hacen pensar que ese escenario de pesadilla que Alemania temía se produjo el lunes.

Las autoridades insistían anoche en que aún están investigando si lo ocurrido es un accidente o a un atentado, pero alrededor de la medianoche la situación parecía ir aclarándose poco a poco. “No quiero usar aún la palabra atentado, aunque muchos elementos apuntan en esa dirección”, dijo el ministro De Maizière a la televisión pública. La Casa Blanca se apuntó a esta teoría poco después al condenar “lo que parecer ser un ataque terrorista”. En las primeras horas de este martes, la Policía ha hablado de “presunto ataque terrorista”. “Todas las medidas policiales en torno al presunto ataque terrorista en Breitscheidplatz están en marcha”, ha indicado la Policía a través de su cuenta oficial en la red social Twitter.

Poco antes, la Policía indicó que las investigaciones apuntan a que el conductor empotró deliberadamente el camión contra el marcado y que el cuerpo encontrado en el interior del camión no era el de la persona que controlaba el vehículo en el momento del atropello.

Medios como Die Welt o la agencia DPA aseguraban, citando fuentes de los servicios de seguridad, que el detenido había entrado en Alemania como refugiado; y el Tagesspiegel añadía que es afgano o paquistaní. Esta información no ha sido confirmada oficialmente. Si se confirmara esta posibilidad, este sería el primer ataque yihadista con víctimas mortales en Alemania. Hasta ahora, los atentados de simpatizantes del Estado Islámico —como el ocurrido en un tren de Baviera el pasado verano— habían ocasionado heridos, pero no muertos. Antes de aclararse lo ocurrido, el partido derechista antinmigración Alternativa para Alemania (AfD) se apresuró a responsabilizar de lo ocurrido a la canciller Angela Merkel. “¿Cuándo devuelve el golpe el Estado de derecho alemán? ¿Cuándo va a parar esta maldita hipocresía? Estos son los muertos de Merkel”, escribió en Twitter Marcus Pretzell, líder regional del partido.

El vehículo que se convirtió en un arma mortal tiene matrícula de Danzig (Polonia). La Policía de Berlín afirmó que tiene sospechas de que el camión habría sido robado. El responsable de la compañía propietaria del vehículo declaró que su primo —también polaco— había viajado con ese camión hacia Berlín con la intención de pasar la noche en la ciudad, pero que en ningún momento tenía que atravesar el centro. El dueño de la empresa dudaba de la posibilidad de que el conductor, con 15 años de experiencia, fuera el responsable del supuesto accidente y apuntaba la posibilidad de que se tratara de un robo o un secuestro, lo que más tarde pareció confirmar la policía.

A las diez de la noche del lunes, a la zona del mercadillo acordonada se acercaban periodistas y curiosos. Allí podía verse aún el camión que fue utilizado como arma, un vehículo negro que permanece rodeado de ambulancias. Los hospitales cercanos estaban en alerta y los médicos, movilizados para atender a los heridos. Las autoridades solicitaron a los peatones que abandonaran la zona y dejaran espacio a los servicios de emergencias y sanitarios. La policía alertó en las redes sociales hacia las 21.30 de que lo más seguro era permanecer en casa y no divulgar rumores.

El lugar del atropello masivo es uno de los sitios más turísticos de la capital alemana. Junto al tradicional mercado de Navidad, uno de los más antiguos y populares del centro del Berlín oeste, está la Iglesia Memorial del káiser Guillermo, un cine muy conocido y el centro comercial Bikini.

Un policía testigo de lo ocurrido dijo al diario Berliner Zeitung que la maniobra del camión estaba claramente realizada a propósito y no había indicios de que fuera accidental. Un fotógrafo de la agencia DPA informó a los policías de que había visto a un hombre con armas en la puerta del Zoo de la ciudad, enfrente del mercado.

“He oído un ruido enorme y me he dirigido al mercado de Navidad y he visto un gran caos… muchos heridos”, dijo Jan Hollitzer, subdirector del Berliner Morgenpost, al canal CNN. Emma Rushton, una turista que se hallaba de visita en la ciudad, también contó a la cadena de televisión norteamericana que el camión iba a una velocidad de unos 65 kilómetros por hora.

 

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Un caluroso lunes del estío madrileño los vecinos del barrio del Retiro se extrañaron de que la tienda Jusfer, dedicada a la compra y venta de objetos, permaneciera cerrada. Sus propietarios nunca faltaban a la cita con la clientela.

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Aporrearon la puerta. Nadie respondía. Un amigo decidió telefonear a casa de uno de ellos. Tampoco obtuvo contestación. La gente se preguntaba por qué guardaban silencio. Simplemente que los muertos no hablan. Cuatro cadáveres fueron descubiertos poco después por la Policía. Se emprendía la caza del asesino.

El Caso vendió con esta noticia casi medio millón de ejemplares del año 1958. Estaba a punto de comenzar la leyenda de Jarabo, el criminal más famoso de la época moderna. Hay quienes afirman que no murió en el garrote vil.

Una vez dentro del establecimiento, sito en la calle Alcalde Sainz de Baranda, 19, los inspectores descubrieron el cadáver de Félix López Robledo en la trastienda. Tenía dos tiros en la cabeza. De inmediato las sospechas se dirigieron hacia el socio, que no daba señales de vida.

Personados en su vivienda, en la vecina calle Lope de Rueda, 57, como nadie abría la puerta consiguieron rápidamente una orden judicial y un cerrajero facilitó el acceso. El cuadro que se encontraron fue impresionante. Emilio Fernández Díaz yacía en el baño, con un balazo en la testa. En el dormitorio estaba su mujer, Amparo, reclinada en la cama con otro disparo en la cabeza. En el cuarto del servicio hallaron a la sirvienta, Paulina, con un cuchillo de cocina clavado en el corazón.

No se descubrió signo alguno de lucha. Quedaba claro que las víctimas habían sido sorprendidas una tras otra. El robo quedaba descartado porque inicialmente en ninguno de los dos escenarios se echó en falta nada. Por tanto, se desconocía el motivo de la matanza.

Las sospechas apuntaron hacia el negocio de ambos socios, no muy limpio –adquirían objetos robados y ejercían de prestamistas– y contaban con ficha policial. Se pensó en un posible ajuste de cuentas.

La noticia del suceso se extendió por Madrid como un reguero de pólvora, lo que causó gran impacto. Sobre todo porque se había producido en una de las zonas más distinguidas de la capital. Numerosos ciudadanos acudieron hasta la tienda de empeños para saciar su morbosa curiosidad. Algunos no podían disimular en su rostro cierta complacencia por el final que habían tenido los usureros.

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La autoridad decidió que tan brutal caso fuera solucionado cuanto antes. Al frente del operativo investigador se puso Antonio Viqueira Hinojosa, el mejor policía criminalista que ha tenido este país. Había esclarecido con rapidez varios de los principales casos de aquella época.

Dedujo que, a causa de la gran cantidad de sangre derramada, el asesino tuvo que mancharse el traje. De inmediato ordenó una batida por todas las tintorerías de la capital. Al poco se recibió la llamada telefónica del propietario de una de ellas, ubicada en la calle Orense, 49, comunicando que un cliente habitual había dejado para su limpieza un terno que respondía a tales características y un maletín. La Policía forzó la cerradura del mismo y encontró un par de plumas estilográficas, un reloj de oro, dos cámaras fotográficas y una radio de bolsillo, tipo de objetos con el que los asesinados solían negociar habitualmente.

El dueño del establecimiento, Julián García, explicó que se trataba de un hombre de constitución fuerte que acudía con asiduidad. Había excusado la sangre de la ropa argumentando que propinó una paliza a un sujeto durante una trifulca en una sala de fiestas.

A la Policía tan sólo le quedaba esperar. Al día siguiente lo detuvieron cuando acudió a recoger la prenda. Se trataba de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris, perteneciente a la alta sociedad madrileña y emparentado con altos miembros de la judicatura.

El nombre de su protagonista ha hecho historia. Un bont vivan perteneciente a una distinguida familia madrileña. Fue compañero en el colegio Nuestra Señora del Pilar de futuros altos cargos del Gobierno, incluso ministros. A él le dio por seguir otros derroteros.

Tras la Guerra Civil marchó a vivir a Puerto Rico y posteriormente a Estados Unidos, donde contrajo matrimonio y después se divorció. Tras algún problema con la justicia americana, retornó a Madrid. Ocho años más tarde se haría famoso por el cuádruple crimen. Se entregó de lleno a una vida disoluta. Quemaba de modo incesante el dinero en juergas, mujeres y drogas.

De fuerte complexión, atractiva apariencia y corte mundano, con grandes dotes de seducción, hasta los chulos le temían. Lo mismo invitaba a toda la barra que se liaba a guantazos con quien se le enfrentara por temas de faldas.

Tras dilapidar en un corto espacio de tiempo quince millones de pesetas, su familia le fue recortando los envíos de dinero que le efectuaba desde Puerto Rico. Acuciado por la necesidad, acudió a Jusfer -la tienda dedicada a la contra y venta de objetos- para pignorar un anillo a cambio de cuatro mil pesetas. Un establecimiento cuya legalidad siempre estuvo en tela de juicio. Se aprovechaba de gente en apurosque no podía obtener dinero rápido. Cobraba intereses del doscientos por cien.

La joya empeñada pertenecía a su amante británica, Beryl Martín Jones. Ésta había regresado a Inglaterra y su esposo, que se la había regalado, le preguntó por la misma. Así que era urgente recuperar el valioso solitario. Entonces los prestamistas le exigieron a Jarabo una autorización escrita de la propietaria. Acudió al poco con la carta, pero los usureros aprovecharon para exigirle cincuenta mil pesetas. En metálico o en alhajas. No le devolvieron la misiva de la mujer, que se quedaron como garantía hasta que regresara el sábado 19 de julio (de 1958) para liquidar el asunto.

“Les pedí la sortija de todas las maneras posibles, pero siempre me daban largas. Ante la llegada de una nueva carta de la inglesa, en que me metía prisa, decidí ir de nuevo a por ellos dispuesto a todo”, declaró a la Policía.

El día de la cita se dirigió a última hora a la tienda, pero llegó tarde porque se entretuvo con una mujer a la que acaba de conocer. Entonces decidió encaminarse hacia el domicilio de uno de los fiadores, Emilio Fernández, que residía en las proximidades. Procuró que no le viera el portero de la finca. Le abrió la puerta la sirvienta y, una vez en el salón, exigió al prestamista que le devolviera el anillo y la carta. Éste se resistió y, según el testimonio de Jarabo, intentó echar mano de una pistola. El visitante fue más rápido y le metió un balazo con la suya. Fin a la discusión.

La empleada salió al pasillo al escuchar el estampido y se dio de bruces en la puerta del baño con el agresor. Éste se fijó en el enorme cuchillo que llevaba en la mano, con el que estaba preparando la cena, y le golpeó en la cabeza con la pistola que acaba de utilizar. En el consiguiente forcejeo entre ambos consiguió clavárselo en el pecho. Hasta la empuñadura. De inmediato la joven cayó inerte.

Sin pérdida de tiempo se lavó las manos y se puso unos guantes de goma que había en la cocina. Empezó a rebuscar por toda la casa la sortija pignorada y el comprometedor escrito. De pronto oyó girar la cerradura de la puerta. Volvió al pasillo encontrándose con la esposa del difunto. Ante la sorpresa de ésta comentó con sumo aplomo que era inspector de Hacienda y que se encontraba allí por una investigación que estaban haciendo al negocio de su marido. Excusó la ausencia de éste y de la criada diciendo que habían marchado a la tienda, junto con unos compañeros suyos, para revisar ciertas cuentas.

La señora, tras observar unas pequeñas manchas de sangre en el pasillo, se asomó al baño. Horrorizada por la macabra escena que presenció, huyó por el pasillo hasta el dormitorio perseguida por Jarabo. Un tiro en la nuca ahogó sus gritos.

Con el fin de crear falsas pistas trasladó el cuerpo de la sirvienta al cuarto de servicio, desgarrándole la ropa y dejándolo sobre la cama para simular una escena de adulterio que habría derivado en tragedia. En una mesa del comedor colocó varias copas y botellas de alcohol para simular una noche de juerga. Incluso colocó un long play en el tocadiscos.

Después reanudó la búsqueda que había emprendido minutos antes. Hizo un reconocimiento minucioso de la vivienda mientras la sangre se deslizaba por cristales y paredes formando un tétrico cuadro impresionista. No dio con lo que buscaba. Lo que halló fue la llave de la tienda.

Sonaron doce campanadas y supuso que el portal estaría cerrado, por lo que optó por quedarse a descansar, con la macabra compañía de tres cadáveres aún calientes. Sabía que los serenos eran muy observadores y confidentes de la Policía.

Por la mañana salió a la calle con tranquilidad. Se había puesto una camisa del difunto, dado que la suya estaba bastante manchada de sangre. La segunda parte de la búsqueda del anillo y la misiva la dejaba para el día siguiente.

El lunes por la mañana, a primera hora, se dirigió a Jusfer. Se metió en el portal y accedió por la trastienda. Se ocultó en el almacén, a la espera del otro socio. No tuvo que aguadar mucho. A las ocho y media giraba la cerradura. Encontronazo frente a frente. Discutieron y al final se enzarzaron físicamente. Dos tiros acabaron con la vida del copropietario. Se apoderó de sus llaves de la caja fuerte pero no consiguió abrirla, pues desconocía la clave.

Llamó a casa del muerto para hablar con su amante, Ángeles, haciéndose pasar por un cliente. Le explicó que la tienda estaba cerrada, tenía prisa y a ver si podía acercarse para atenderle. Su intención era obligarla a que abriera dicha caja. La mujer se negó, razonando que hacía rato que su compañero había salido hacía allí y estaría a punto de llegar.

Mientras, se formó un gran charco de sangre y, como podía salir por debajo de la puerta, la taponó con su propia chaqueta. Echó mano de uno de los trajes en venta que había en la tienda y se lo puso. Después se apoderó de un maletín, donde metió su ropa manchada y también varios objetos suyos que estaban allí empeñados. Sustrajo el dinero de la cartera del muerto.

Abandonó presuroso el escenario del crimen y se dirigió a la tintorería, donde dejó su terno para que lo limpiaran rápido, pues al otro día pasaría a recogerlo. También les entregó el maletín para que se lo guardaran.

Prosiguió con su vida habitual como si nada hubiera ocurrido. Anduvo de cabarés y por la noche se lió con un par de mujeres. Se empeñó en acostarse con las dos a la vez, pero no consiguió que les alquilaran una habitación. Pasaron toda la madrugada de copas y desplazamientos de taxi dando vueltas. A las doce del mediodía se dirigieron a la tintorería.

En la calle Orense, próxima a la tintorería, permanecían apostados los policías, a cuyo frente estaba el inspector Sebastián Fernández Rivas. El taxi se detuvo enfrente y Jarabo bajó mientras dejaba a la espera a sus dos compañeras de juerga. Cuando le dieron el alto no opuso la más mínima resistencia. Era consciente de que no había nada que hacer.

Una vez en comisaría, puso como condición, para empezar a cantar de plano, que trajeran comida, para él y para quienes le iban a interrogar, desde el famoso restaurante Lhardy, así como una botella de coñac. Francés, por supuesto. Incluso consiguió que le dieran una inyección de morfina, dado que era adicto y llevaba toda la noche sin dormir.

En plan charla de sobremesa, fue contando toda la historia criminal surgida a raíz de que empeñara un solitario de oro. Afirmó que sentía hondamente la muerte de las dos mujeres, pero no la de quienes le habían chantajeado.

El Caso vendió con dicho suceso la cantidad de 480.000 ejemplares, un hito del periodismo al romper el techo de tirada en la prensa nacional. La rotativa no daba más de sí. El papel, cuya adquisición el Gobierno autorizaba por cupos de bobinas, se agotó. Hasta entonces Marca ostentaba el récord, con 300.000 copias tras el memorable gol de Zarra a Inglaterra en los mundiales de Brasil de 1950.

El público se volcó con tan apasionante historia y un protagonista de la alta sociedad. “Cuando mataban las clases pudientes, vendíamos mucho más de lo normal. Sexo y un criminal de la burguesía. La muerte de la chica de servicio fue lo que le supuso la pena capital. Los otros eran unos sinvergüenzas, unos usureros”, manifestaba el fundador del semanario, Eugenio Suárez.

El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Madrid en medio de gran expectación. Durante las cinco jornadas que duró la vista, el reo cada día estrenó indumentaria. Convicto y confeso, trató de justificar el ataque a la empleada del hogar, ajena a los tejemanejes de los prestamistas. “No quería matar a la criada, mi propósito era que no gritase”. Se mostró sumamente correcto en todo momento, haciendo alarde de su españolidad.

Sentencia: cuatro penas capitales. Tuvo el luctuoso honor de ser el último condenado a muerte, en garrote vil, por la justicia ordinaria. Un año más tarde del cuádruple asesinato se ejecutó la condena.

El día anterior a su cita con el cadalso mantuvo la serenidad, fumando de modo incesante. Eugenio Suárez le había hecho llegar una caja de habanos, a través del policía que lo interrogó, Sebastián Fernández, como reconocimiento a su infausta contribución al fulminante éxito de ventas del periódico de sucesos. También bebió abundante whisky. A las cinco de la mañana oyó misa y comulgó.

Vestido impecable, tranquilo, casi impasible, con la misma frialdad y orgullo que le habían caracterizado de siempre, acudió a su cita con el patíbulo. Tenía 36 años. De constitución rocosa y pescuezo fuerte, tardó veinte minutos en morir asfixiado. Era el cuatro de julio de 1959.

El verdugo, Antonio López Sierra, alias El Corujo, bastante débil físicamente, iba bebido y no acertaba a rematar su labor. Era costumbre hacer tomar unas copas a los sayones antes del ajusticiamiento para que, a última hora, no se echaran para atrás y cumplieran debidamente con su cometido.

El garrote consistía en un collar de hierro que, por medio de un tornillo con una bola al final, retrocedía hasta romper el cuello. Pero cuando no se hacía de modo correcto provocaba el estrangulamiento, con lo que la agonía se alargaba terriblemente

Antes del entierro se produjeron incidentes en el camposanto de la Almudena, al circular el runrún de que no había sido ejecutado gracias a su relación familiar con la judicatura. El condenado era sobrino del presidente del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo. Se rumoreaba que en el ataúd habían colocado el cuerpo de un gitano fallecido poco antes. En suma, que no había existido tal ejecución, dado el dinero y la influencia de su familia en las altas instancias, y que había escapado ya rumbo a América.

Un comisario que acompañaba a los empleados de pompas fúnebres exigió, para desmentir tal patraña, que se abriera el féretro de inmediato y fuera mostrado el cadáver. Al parecer el enterrador se negó, alegando que constituía una irregularidad manifiesta, por lo que el policía tiró de pistola y apoyó el arma en la sien del operario. A éste no le quedó otro remedio que levantar la tapa del ataúd.

Testigos presenciales manifestaron posteriormente que no habían reconocido a Jarabo, quizá por el sufrimiento experimentado durante su ejecución. No hubo periodistas que dieran fe de ello, dado que no se les permitió el acceso al sacramental.

Tras sepultar al difunto, quedó en el ambiente del cementerio un cierto halo de misterio. Comenzaba la leyenda sobre si continuaba con vida al otro lado del Atlántico. Incluso había quienes manifestaban haberlo visto después en Puerto Rico, donde seguía residiendo su familia.

Su abogado defensor, Antonio Ferrer Sama, tenía clara su personalidad. “La prensa ha titulado El crimen del siglo. Dada la gravedad de sus espantosos resultados, más que crimen del siglo titularía La personalidad psicopática del siglo. El caso Jarabo es excepcional dentro de la criminología, por no decir único. Los juristas y los médicos estudiarán su curva vital e investigarán todas las facetas de su rara existencia”.

Hace unos meses, con motivo de la emisión de la serie El Caso. Crónica de sucesos en TVE, se emitió un documental relacionado con la misma, Dos crímenes por semana. El tema del famoso asesino fue tratado por diferentes personas expertas en dicho suceso. Eugenio Suárez, en su última entrevista, dado que poco después fallecía por su avanzada edad, se reiteraba en el motivo del crimen y la condena. “Que maten a prestamistas de esos me parece una labor puramente de higiene social. Pero es que mató también a la criadita y, tal como empezaba a ponerse el servicio doméstico, eso ya no se perdonaba”.

La muerte de la sirvienta es lo que forzó su condena al garrote vil. Llevó una vida pendenciera, pródiga en alcohol, mujeres y drogas. Su final, antes o después, estaba cantado.

Un nombre destacado para el museo de asesinos célebres. Una historia, apasionante hasta el final, que permanece viva en el recuerdo.

Rastreado en cnnespanol.cnn.com

El asesino serial Stephen Port fue sentenciado a prisión perpetua por los asesinatos de cuatro hombres que conoció a través de un sitio web de citas gays, según estableció una corte británica este viernes.

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Port, de 41 años, fue condenado por el asesinato de Anthony Walgate, de 23 años; Gabriel Kovari, de 22 años, que era originario de Eslovaquia; del chef Daniel Whitworth, de 21 años; y del conductor de camiones Jack Taylor, de 25, hechos que ocurrieron entre junio de 2014 y septiembre de 2015.

También fue condenado por drogar o agredir sexualmente a otras siete víctimas que sobrevivieron.

Las cuatro víctimas fueron halladas en la entrada del conjunto de apartamentos donde vivía Port.

Al condenarlo, el juez dijo que “el acusado morirá en la cárcel”. El público se alegró al escuchar la sentencia.

“Los asesinos seriales que son más difíciles de atrapar son los nómadas: matan en una parte del país, luego en otra”, explicó David Wilson, profesor de criminología de la Universidad de Birmingham.

“Pero Stephen Port no era un asesino serial de ese tipo. Él mataba en su apartamento, luego arrojaba los cuerpos a 300 metros. Todos eran hombres jóvenes que murieron de la misma manera”, le dijo el especialista a CNN.

La Policía Metropolitana de Londres admitió que pudo haber “perdido oportunidades de capturar a Port” durante la época de los asesinatos, entre 2014 y 2015.

Las autoridades revisan los casos de al menos 58 muertes por uso de drogas, en medio de preocupaciones de que podrían estar relacionados con los asesinatos por los cuales fue condenado Stephen Port.

Las investigaciones serán reabiertas para establecer si están vinculadas con actividades de ‘chemsex’, una práctica de sexo entre hombres que consumen drogas.

Una comisión independiente de la Policía también empezó una investigación sobre cómo los agentes asignados a las pesquisas manejaron los casos.

El activista por los derechos de los homosexuales, Peter Tatchell, cuestionó si la homofobia y la clase social jugaron un papel importante en el manejo del caso.

“Si cuatro mujeres jóvenes de clase media hubieran sido asesinadas en Mayfair, creo que la policía habría hecho un llamado público mucho más pronto y montado una investigación mucho más integral”, dijo Tatchell, refiriéndose a una zona rica en Londres.

“El asesinato de hombres homosexuales de bajos ingresos en el barrio de Barking fue manejado de una manera muy diferente. Los agentes de policía son acusados de sesgo de clase, género y sexualidad”, añadió el activista.

El criminólogo Wilson concuerda con ello y dice que el caso tiene “mucho que ver con la persistencia de la homofobia en general y dentro de la policía”.

Agregó que cinco mujeres víctimas, que fueron ignoradas de la misma manera por la policía, eran trabajadoras sexuales. Ellas fueron asesinadas por el asesino serial Steven Wright, en 2006.